El fenómeno de la deslocalización se está extendiendo en Europa debido al deseo de las empresas de combatir (y aprovechar) los bajos costes salariales de otros países. Algunas empresas en Holanda y Alemania ya están adoptando medidas para poder frenar esta tendencia. Tres de ellas son el aumento del número de horas de trabajo, la introducción de mejoras en la flexibilidad laboral y la congelación de los salarios de sus trabajadores. Naturalmente, estas “soluciones” de corto plazo se traducen en mejoras en las cuentas de resultados lo que explica que los empresarios las adopten. Hay que recordar sin embargo que esto no les da (en concreto la congelación salarial) una ventaja competitiva sino comparativa con respecto a sus competidores. Las empresas europeas nunca podrán (ni deberían) competir en bajos costes salariales. De hacerlo así, reflejaría su pérdida de capacidad competitiva. Las empresas europeas serán competitivas si pueden competir en los mercados internacionales y además garantizar el incremento de la renta de sus trabajadores y por tanto del bienestar.
Europa no debe jugar en la segunda división del “bajo coste” sino en la primera, la de la productividad y la diferenciación. En la actualidad, las empresas europeas corren el riesgo de estancarse en “tierra de nadie”, es decir, no pudiendo competir en bajos costes con el Este, ni en productividad e innovación con el Oeste. De hecho, hay quienes dudan que Europa pueda (¿ni podrá?) competir con Estados Unidos o Japón. En cualquier caso, parece claro que si las empresas europeas quieren “copiar” a alguien, el modelo a seguir debería ser el de sus competidoras norteamericanas y no las asiáticas. No decimos que sea fácil, pero un primer paso es saber cuál es el camino a seguir y el siguiente cómo recorrer dicho camino.