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Nicolás Maduro duerme esta noche en una celda de Nueva York. El régimen que convirtió Venezuela en un Estado fallido, que anuló elecciones, encarceló opositores y provocó el mayor éxodo migratorio de la historia latinoamericana, ha caído. Nadie con un mínimo de honestidad intelectual puede lamentar el fin de una dictadura que empobreció a treinta millones de personas mientras sus jerarcas acumulaban fortunas en paraísos fiscales. Dicho esto, la forma en que ha terminado exige un análisis que separe el juicio moral del estratégico.

La intervención estadounidense del 3 de enero no responde principalmente a preocupaciones sobre democracia, derechos humanos o narcotráfico. Estas narrativas, aunque parcialmente ciertas, ocultan el incentivo estructural que explica por qué Washington decidió actuar ahora y con esta contundencia. La clave está en una paradoja que pocos comprenden: Estados Unidos es el mayor productor de petróleo del mundo, pero sigue necesitando importar crudo. No cualquier crudo. El petróleo adecuado.

Las refinerías de la Costa del Golfo, que concentran más de la mitad de la capacidad de refinación estadounidense, fueron concebidas para procesar crudo pesado, más denso y complejo. La revolución del shale ha convertido a Estados Unidos en el mayor productor mundial de petróleo, pero mayoritariamente de crudo ligero: abundante, fluido y poco viscoso. Ese petróleo resulta idóneo para ciertos usos, pero no para unas instalaciones industriales diseñadas para otra materia prima, cuya adaptación exigiría inversiones de decenas de miles de millones de dólares. El resultado es una paradoja energética: pese a producir más petróleo que nunca, Estados Unidos sigue necesitando importar crudo pesado. Hoy depende en gran medida de Canadá, aunque parte de ese flujo se está redirigiendo hacia Asia; México prioriza su consumo interno; y fuera del hemisferio occidental solo Rusia puede suministrar volúmenes relevantes de este tipo de crudo, una opción geopolíticamente inviable. Venezuela, con las mayores reservas probadas del planeta y un petróleo extrapesado perfectamente adaptado a esas refinerías, se convierte así en la única solución estructural a un problema de EE.UU. que no es de cantidad, sino de calidad.

La pregunta incómoda para Europa no es si esta intervención es moralmente defendible, sino si el continente dispone hoy de la energía, los recursos y la autonomía necesarios para permitirse el lujo de juzgarla desde la distancia.

El control de Venezuela envía además señales inequívocas al sistema internacional. Washington reafirma que el hemisferio occidental sigue siendo su área de influencia exclusiva, justo cuando China ha invertido más de sesenta mil millones de dólares en el país caribeño y Rusia mantiene presencia militar. El mensaje no se limita a América Latina: dialoga directamente con otros escenarios de fricción estratégica, desde Ucrania hasta Taiwán. Mientras se defiende en Europa del Este la inviolabilidad de las fronteras y se disuade en Asia cualquier alteración del statu quo, Estados Unidos deja claro que, llegado el caso, está dispuesto a ejercer esa misma lógica de poder con contundencia en su propio vecindario. Latinoamérica se ha partido: mientras Argentina y Ecuador celebran, Brasil, Colombia y México condenan lo que consideran una violación de la soberanía.

La Unión Europea ha pedido respetar el derecho internacional sin condenar explícitamente a su principal aliado, atrapada entre principios declarados y dependencias reales. No es un fenómeno lejano: las recientes presiones estadounidenses sobre Groenlandia —territorio europeo clave por su posición ártica, sus minerales estratégicos y su valor militar— revelan hasta qué punto incluso Europa se ha convertido en un espacio disputado cuando carece de capacidad propia para proteger sus intereses. Durante décadas, Europa confió en que la interdependencia económica sustituyera a las áreas de influencia. Hoy, otros actores operan ya con una lógica de poder explícita, mientras Europa sigue apelando a un marco normativo que hoy apenas condiciona las decisiones estratégicas de las grandes potencias. España, con más de ciento cincuenta mil ciudadanos en Venezuela y cerca de medio millón de venezolanos residentes en su territorio, ha optado por una ambigüedad que refleja su incapacidad para articular una política exterior autónoma. Y sin embargo, España sigue siendo, por una historia civilizacional compartida, una lengua común, redes humanas y tejido económico, la principal puerta europea a Iberoamérica. Renunciar a ejercer ese papel no es neutralidad: es abdicar de una responsabilidad histórica.

Para Navarra, las implicaciones parecen lejanas pero son reales. Una industria exportadora intensiva en energía, integrada en los sectores europeos de automoción, renovables, agroindustria y máquina-herramienta, es especialmente sensible no solo a la volatilidad energética, sino también a la dependencia de insumos críticos y a la fragmentación de las cadenas de suministro. De esta crisis no surge un entorno que premie la retórica normativa, sino uno que defiende la soberanía material: energética, tecnológica y alimentaria.

La lógica de bloques que este episodio contribuye a consolidar no solo redefine mapas de poder, sino que obliga a Europa a decidir qué papel quiere desempeñar: limitarse a reaccionar o convertirse en su propio garante estratégico, capaz de influir —y no solo de adaptarse— al orden que se está configurando. Porque en un mundo articulado en bloques, la neutralidad no existe: solo existe la dependencia.