
Siempre se dice que en momentos de crisis, las sociedades necesitan el empuje de líderes sólidos y creíbles que conduzcan a los ciudadanos en la búsqueda de nuevos caminos. A la vista de los últimos acontecimientos, que ya duran demasiado, parece muy claro que los españoles necesitamos hacernos rápidamente con algún guía que nos ayude a salir de este atolladero en el que nos hemos metido tras un par de décadas de relativo consenso y paz social. Sin embargo, no está muy boyante el mercado del liderazgo si consideramos las expectativas de la demanda. En una encuesta dada a conocer por el World Economic Forum, la Gallup International Voice of the People, los habitantes del mundo manifiestan una clamorosa desconfianza en los líderes actuales, tanto los políticos como los económicos.
Con respecto a los profesionales de la política, más de la mitad de los ciudadanos de todo el planeta no confían en que sus gobernantes sean capaces de ayudarles a superar los grandes obstáculos de nuestro tiempo. De hecho, piensan que las próximas generaciones habrán de enfrentarse a un mundo más hostil, en el que será muy difícil alcanzar el bienestar económico y la convivencia pacífica. De todos modos, la interpretación de estos datos tampoco tiene que ser del todo pesimista. Es cierto que la falta de líderes con visión de conjunto y sentido de futuro resulta preocupante en circunstancias como las que está viviendo España en particular y, si examinamos los retos globales, nuestra civilización en general.
Pero la encuesta también nos indica que la forja de un líder es hoy más difícil porque los ciudadanos somos más dueños de nuestro destino. Quizá ahí reside la clave del asunto. Muchos líderes de hoy pretenden lograr el crédito y la legitimidad manejando estereotipos de ciudadano de hace cien años, en que la escasa cultura y el desconocimiento de los propios derechos convertía a la sociedad en una masa fácilmente manipulable.