El Institute for the Future, con sede en California, publica periódicamente un Mapa del Decenio, una guía sobre las principales tendencias que influirán en la evolución del mundo, a medio plazo. De vez en cuando comentaremos las pistas que proporciona el informe. Uno de los apartados se dedica a apuntar los rasgos de la sociedad. Señala que estamos abandonando las etapas del hombre trabajador y el hombre consumidor, y nos encaminamos hacia la forja de un nuevo tipo humano, cuya identidad social se caracteriza por una participación más activa en la comunidad. Este think tank habla de personas que centrarán sus esfuerzos en crear sus propias vías de expresión y relación con los demás.
Con ello, debemos dejar de considerar las estructuras sociales como algo rígido y relativamente estable. Su entramado se hace más flexible, cambiante y heterogéneo, de acuerdo con los intereses de los individuos. Las nuevas formas de relación y los nuevos modelos de comunidad detectados en Internet son buena prueba de que la tendencia está muy vigente. Aunque a primera vista la sociedad parece homogénea, como en apariencia nos muestran el universo del consumo y las marcas globales, en un plano más profundo las diferencias crecen. Como también señala el estudio, los seres humanos tienden a desarrollar sus propios mundos, de acuerdo con su visión, capacidades e intereses, y a compartirlos con un número reducido de individuos. La fragmentación, que ya es palpable en el ámbito de los medios, abocados a perder su condición de masivos, también se traslada a otros espacios sociales.
Este fenómeno contribuye a explicar por qué a pesar de la globalización experimentamos un auge del localismo y el fundamentalismo. Ante la transformación del tejido social, cabe preguntarse si será posible el mantenimiento de una base mínima de valores compartidos. O, si por el contrario, tenemos que anticipar escenarios inhóspitos como los que describen libros y películas de ciencia ficción: bienvenidos a Mad Max.