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Gestionar un sistema público de salud, como hemos afirmado en múltiples ocasiones desde Institución Futuro, nunca resulta tarea fácil. La complejidad organizativa, la presión asistencial y la escasez de profesionales son realidades conocidas y compartidas por todas las comunidades. Reconocer esta dificultad es de justicia, pero no puede servir de coartada para perpetuar la inacción o, lo que es peor, la incapacidad. En Navarra, el diagnóstico está claro: el sistema sanitario foral necesita una gestión más eficaz, más transparente y menos reactiva. Lo que no parece tan claro es que alguien esté dispuesto a aplicarle tratamiento. En las últimas semanas, las declaraciones del Consejero sobre la posibilidad de “intervenir” el servicio de Traumatología del Hospital Universitario de Navarra, por su acumulación de listas de espera, han generado estupor en los profesionales y entre buena parte de la ciudadanía. La idea de intervenir un servicio hospitalario, como si fuera un ente ajeno o rebelde, denota una preocupante confusión: el responsable político pretende fiscalizar aquello cuya gestión depende, precisamente, de su propio departamento. O sea, nos intervenimos a nosotros mismos. Señor Consejero, no se trata de intervenir, sino de dirigir, planificar y asumir responsabilidades.

Se ha matizado que no se cesará a nadie, sino que se analizarán datos de actividad, plantillas y demanda generada en Atención Primaria. Lo que más sorprende es que ese análisis llegue ahora, después de años de advertencias sobre la falta de planificación y la ausencia de un cuadro de mando que permita conocer con precisión qué sucede en cada servicio.

Sin información fiable, sin objetivos medibles y sin liderazgo operativo, la gestión sanitaria se convierte en un ejercicio de improvisación, y hablando de improvisación ¿de verdad cree que cesar al gerente del SNS-O es una solución? ¿No cree más bien, que es una huida sin rumbo hacia adelante? Por todo ello no es de extrañar que los profesionales experimenten una sensación de desánimo –con una huelga de médicos, otra más, que arrancó el 20 de octubre y que intenta frenar la sobrecarga laboral del colectivo- y que la confianza ciudadana en el sistema se resienta.

Porque la percepción de la población es un termómetro elocuente. Según el último informe de CoCiudadana sobre la valoración ciudadana de los servicios públicos, el sanitario es uno de los peor valorados en Navarra, y su nota ha caído un 50% en la última década. No es una cuestión de recursos —el gasto sanitario no ha dejado de aumentar—, sino de resultados y organización. Gastamos más, pero los ciudadanos están menos satisfechos. A ello se suma un problema estructural que el propio Departamento de Salud no ha sabido abordar: la falta de profesionales en plazas de difícil cobertura. El reciente análisis del Sindicato Médico Navarro sobre la normativa aprobada en junio de este año revela una regulación confusa, ambigua y poco realista. Los incentivos económicos previstos son irrisorios en comparación con el coste real de desplazarse a centros alejados; los no económicos generan agravios comparativos entre profesionales y, lejos de fidelizar, facilitan la rotación. En la práctica, las plazas seguirán vacías y los pacientes seguirán esperando. Pero lo verdaderamente preocupante es no percatarse de la falta de atractivo de nuestro sistema sanitario público. Tal y como se publicaba hace unos días, el departamento de Salud considera positivo que de los 109 médicos internos residentes (MIR) que han acabado su formación este año, solo se queden la mitad (60 profesionales). ¿Pero no se dan cuenta de la gran inversión que Navarra ha realizado en su formación? Esas cifras siguen siento nefastas… ¿también se va a intervenir esta elección?

La realidad es que no faltan médicos solo por vocación o demografía: escasean por falta de gestión. Por falta de previsión en el relevo generacional, por una política de contratación errática, por burocracia desmedida y por la incapacidad de ofrecer condiciones laborales competitivas frente a otras comunidades. Y mientras tanto, las soluciones propuestas parecen centrarse más en controlar que en resolver. Navarra cuenta con profesionales de gran nivel y con una red sanitaria que, bien gestionada, podría volver a ser referencia. Pero para ello hace falta liderazgo, planificación y rendición de cuentas. Hace falta que se gobierne el sistema, no que se le observe desde fuera. Los ciudadanos no esperan discursos ni fiscalizaciones: esperan una gestión eficaz que garantice atención y calidad. La Sanidad navarra no necesita ser intervenida; necesita ser gestionada con rigor, evaluada con datos y mejorada con decisiones valientes. Porque cuando la gestión falla, el verdadero paciente acaba siendo todo el sistema.