El Mundo, 14 de junio de 2009
Agítese antes de leer, Carlos Salas
Todos los años por estas fechas me vuelvo anarquista. Rememoro la historia de los dinamiteros, bombistas y ácratas de la historia. Me entrego a las tesis de la demolición del Estado de Robert Nozick (Anarquía, Estado y Utopía). Y me descuelgo de YouTube vídeos de las manifestaciones contra cualquier gobierno, con cócteles molotov, choques con la policía y vandalismo.

Me pasa siempre que tengo que hacer la Declaración de la Renta.

Porque cuando tengo delante de mí los impresos azules, escucho una voz del Ministerio de Economía que dice: «Bueno, chaval, vamos a ver si has pagado tus impuestos como Dios manda, ejem, quise decir, como Yo mando». Y entonces escupo lava por la boca.

No sólo les he dado buen parte de mi renta sino que he tenido que pagar dos veces por cosas que el Estado no me ha servido.

Como muchas familias, cuando mis hijos eran pequeños, mi mujer y yo decidimos darles una buena educación y eso significaba enseñarles un idioma extranjero. No había colegios públicos donde enseñaran bien lenguas extranjeras (ni los hay, no se molesten) de modo que sacrificamos nuestro ocio y ahorros para que los chicos estuvieran mejor preparados.

Muchos padres de familia hicieron lo mismo. ¿Y qué decía el Estado? «Chaval, ése es tu problema». No nos ha descontado ni un puñetero euro. Lo consideraba un gasto. ¿Un gasto? ¿La educación de nuestros hijos un gasto? Otros países europeos daban clases bilingües en sus colegios públicos, de modo que ahora uno va a una reunión internacional y se encuentra con suecos y finlandeses que se manejan extraordinariamente bien en inglés, y con españoles con la cara sonrojada.

Pero había más. Como no nos satisfacía el servicio de salud del Estado (salvo el entrañable médico de cabecera), tuvimos que apartar otra parte de la renta para sufragar un seguro sanitario privado. Estábamos hartos de esperar meses para cualquier especialista. «Ése es tu problema, chaval». ¿Descuento por entregar nuestra renta a la salud? Cero patatero. Aquí no funciona eso de «si no está satisfecho con su compra, le devolvemos su dinero».

Además, como procuramos mantenernos en forma, cosa que nos cuesta dinero, nuestra buena salud ha supuesto más ingresos para el Estado porque casi nunca hemos estado largas temporadas en cama y enfermos. Trabajar, estar en activo, significa pagar impuestos y aportar dinero a la caja del Estado. Pero el Estado no nos premia por estar saludables. Todo lo contrario. Nos castiga por ello.

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