Boletín 7 días, CEN, 18 de enero de 2008
Muchos estudiantes se plantean en algún momento dado si quieren continuar su formación más allá de la enseñanza obligatoria. Cuando estos deciden que desean seguir estudiando, aparece la duda de si su destino será la universidad o la Formación Profesional.
A la hora de tomar esa decisión, en ocasiones priman más los prejuicios (quien vale, acude la universidad, y quien obtiene calificaciones mediocres, a FP) que la lógica de estudiar lo que uno desea, independientemente de la titulación que se obtenga con ello.

Hace poco podíamos leer en un artículo de El País que quizá lo mejor para el desarrollo social y económico de España no sea que exista un superávit de licenciados universitarios. Como reconoce Santiago García Echeverría, director del Instituto de Dirección y Organización de Empresas de la Universidad de Alcalá de Henares, “en España hacen falta mandos medios, tenemos a un montón de universitarios haciendo esos trabajos, para los que no tienen una formación práctica adecuada”.

La reticencia de muchos a cursar FP parece residir en la mala fama de la que gozan estos estudios. Independiente de que la calidad de este tipo de enseñanza mejore, si el 76% de los padres de alumnos de 12 años y el 71% de alumnos de 16 quieren que sus hijos acaben siendo titulados universitarios, no se conseguirá acabar con el desequilibrio entre el sistema educativo y el productivo.

De hecho, como indica un informe del Centro para la Competitividad de Navarra que se publicará en próximas fechas, aunque el éxito profesional y los salarios más dignos se asocian a las titulaciones superiores, en muchas comunidades autónomas esta premisa no se cumple.

En último término, con independencia del tipo de formación, lo importante es que la oferta y la demanda de empleo estén en consonancia.

Desgraciadamente, la tendencia en nuestro país parece indicar que las diferencias no van a recortarse.