Desde hace unos años se ha creado una gran polémica en torno a la tecnología RFID (Radio Frequency IDentification) utilizada para la identificación unívoca de personas y objetos. Los sistemas RFID incorporan un microchip que almacena un código identificativo único. Asociando este código a una base de datos, se pueden obtener datos específicos de ese objeto, algo hasta ahora imposible de hacer con los códigos de barras.
Parecía que aún tardaríamos mucho en ver la incorporación de estos sistemas a nuestra vida cotidiana, pero no ha sido así. Existen casos muy rentables de utilización de sistemas RFID. Se emplean para la trazabilidad de productos (Inditex los utiliza en su ropa), para el control de fondos bibliográficos (en varias bibliotecas españolas y europeas) o para la localización de equipajes (Air France).
Hay otros ejemplos más mediáticos, como es el caso de la discoteca Baja Beach Club de Barcelona. Ésta emplea la tecnología RFID implantándola en el brazo de sus clientes VIP para cargar las consumiciones a sus cuentas bancarias. Prada identifica a sus clientes y las prendas que comercializa para crear un avanzado CRM (Customer Relationship Management). En unos años, lo que compres o lleves puesto, lo que mires en la web o en la tele, si vas a manifestaciones, si viajas, tus expedientes académico, policial y médico todo se podrá ver y relacionar de forma inmediata.
Varias empresas y universidades están analizando la seguridad de estos sistemas. Pero quizá antes de plantearnos su uso debiéramos reflexionar sobre las cuestiones éticas y morales que las nuevas tecnologías de la información conllevan. Hoy los debates más sensibles se centran en las cámaras de vigilancia, los Registros de Información Fiscal (RIF) y el correo electrónico. Mañana, lo desconocemos.