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Vivimos en una época en la que todo el mundo, políticos y no políticos, habla de igualdad. Es el Tótem de nuestro tiempo y la obsesión es igualarnos a todos.

Fíjense por ejemplo en las políticas fiscales y de subvenciones. La recaudación fiscal (tanto en el conjunto de España como en Navarra) bate récords cada año, con barbaridades como el tipo máximo del 52% en IRPF en nuestra tierra. Posteriormente el gobernante, en su magnanimidad, reparte nuestro dinero en cosas como Netflix para los jóvenes (el bono joven por el mérito complicadísimo de cumplir 18 años) o billetes de tren para que la gente de 25 años pueda ir a la playa varias veces en verano. Porque, claro, es una necesidad vital.

Pero no echemos la culpa solo a nuestros gobernantes, mirémonos a nosotros mismos y recuperemos los comentarios que salen en cualquier cena de amigos cuando sabemos que a alguien le ha ido bien, especialmente en lo económico. “¡Que pague el 52% y se fastidie! ¡No puede ser lícito que alguien gane tanto dinero!” ¿Dónde está la igualdad? “que lo crujan”. Lo que estas palabras esconden, de manera más o menos velada, es pura envidia, uno de los males de nuestra sociedad.

Porque lo que no se perdona es la legítima ambición de ganar dinero y crecer. A Amancio Ortega se le puso verde por regalar 17 aparatos de detección del cáncer a cada una de las CCAA. Esto solo pasa en España. A Amancio Ortega no le tiene que ir igual que a mí, le tiene que ir infinitamente mejor. Su grupo paga cada mes 160.000 nóminas. Son 160.000 más que quienes le critican. No sería bueno para nadie que les fuera igual a unos y a otros.

No le puede ir igual de bien al inmigrante que viene y se pone a currar por cuenta ajena en lo que pilla que al que intenta vivir de subvenciones y rentas garantizadas. Y ahora mismo, por nuestra culpa, le va casi igual.

Y mucho menos a ese inmigrante que ha abierto su frutería, su taller o ha cogido el traspaso de un bar. A ese, que se levanta a las 6 de la mañana para abrir su negocio y pelearse luego por el cliente, le tiene que ir infinitamente mejor que al que se dedica a vivir de las pagas y subvenciones. Y debido a esas pagas, a veces no hay diferencia o incentivo debido a nuestra obsesión por igualar.

La igualdad debe ser de salida, de oportunidades. Invirtamos más en becas para que el joven esforzado estudie donde quiera (no donde quiera el gobernante) y luego primemos, incentivemos económica y socialmente, al que destaca, a quien se arriesga, a quien crea riqueza. Solo así avanzaremos como sociedad.