A menudo resulta complicado poner en práctica políticas de RSC (Responsabilidad Social Corporativa) en las empresas. Para tratar de impulsar iniciativas responsables, muchas veces no hay que dirigirse a la conciencia de los directivos, sino que resulta más efectivo incidir en las ventajas que ciertas políticas reportarán a sus balances.
Un estudio elaborado por el Esade, Insead, Accountability y el European Policy Center, sostiene que la implantación de estándares de RSC en las empresas mejora la competitividad. El informe utiliza el Índice de Competitividad Responsable (IRC) para elaborar un ranking de los países más competitivos y socialmente más responsables: los países nórdicos están a la cabeza y España se encuentra en el puesto 19 de un total de 83 países analizados. El estudio relaciona además el nivel de responsabilidad de las empresas con la competitividad de los países.
La competitividad responsable defiende que es posible ser eficaz y eficiente en la fabricación de productos y prestación de servicios. Además, garantiza que los procesos, estrategias y planes se lleven a cabo con un equilibrio entre las dimensiones económica, social y ambiental. Los autores de este informe destacan que existen muchas fórmulas para desarrollar iniciativas que apuesten por competitividad y la RSC (de éstas ya hablaremos en sucesivos mensajes), pero recomiendan que deben articularse mecanismos que incentiven fiscalmente a las empresas más comprometidas y responsables. Al fin y cabo lo que se consigue con la RSC, independientemente del objetivo por el que se implanta, es generar una cultura responsable entre las organizaciones, y que estas ideas se vayan extendiendo a las asociaciones, los gobiernos, los sindicatos y, en definitiva, a toda la sociedad.