Expansión, 28 de febrero de 2004
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
Si el nacionalismo se serenara, el País Vasco no perdería tanto capital humano valioso, y podría ser una de las regiones más prósperas de Europa.
Si el nacionalismo se serenara, el País Vasco no perdería tanto capital humano valioso, y podría ser una de las regiones más prósperas de Europa.
Me ha parecido esclarecedor el estudio de Mikel Buesa, Economía de la secesión, para alertar del peligro que supone el Plan Ibarretxe. No deseo abundar en las contundentes razones esgrimidas por este catedrático, sino aportar un deterioro que pasa desapercibido y es más nocivo: la descapitalización de talento que el nacionalismo radical y la violencia provocan. Es indudable que la inteligencia para ser innovadora requiere que el sentimiento no oscurezca la razón hasta el punto de condicionar el modo de conducir un negocio o desarrollar una profesión. Me dijo hace unos años un pequeño empresario euskaldún que su camioneta de distribución llevaba el texto anunciante sólo en euskera, a pesar de que el mensaje comercial no era entendible por muchas personas. Argumentaba que la pérdida económica la asumía con satisfacción: le compensaba saberse presionando a que la ciudadanía vasca se concienciara de que el euskera debe ser la lengua habitual. Reconozco que esta conducta no es la más frecuente en el País Vasco, pero sí la habitual de los nacionalistas radicales. Cuando un empresario antepone su sentimiento separatista a la razón económica, su negocio puede ir a la ruina. Relataré otros hechos que muestran los riesgos económicos de la perdida de capital humano del nacionalismo radical.
Los más valiosos escapan
Viví de cerca la huída del País Vasco que protagonizaron los más sensibles a la pérdida de libertad en los años ochenta. Recuerdo a una gran profesora de matemáticas, con todos sus apellidos vascos, que decidió marcharse cuando descubrió que sus niños en lugar de jugar a policías y ladrones, jugaban a etarras y policías (lo digo en ese orden porque los etarras eran los buenos). Cuando la violencia física o psicológica invade el ambiente, son muchos los que quieren irse. Algunos están atrapados por sus empresas y aunque son valiosos se tienen que quedar, pero los que tienen libertad y potencialidad para hacerlo, huyen. Suelen ser personas de grandes condiciones profesionales que, como gozan de una competencia acreditada, pueden trasladarse. Los mediocres son los que se atrincheran porque no tienen suficiente capacidad para volver a empezar desde cero en otro sitio; acostumbran a ser los que cuando el mercado laboral público se pone difícil, no dudan en reivindicar que prime el hablar euskera sobre las aptitudes más propias del desempeño de la labor a desarrollar.
Los que no vienen
Si uno desea ser ciudadano de primera clase en algunas localidades de Euskadi debe hacer el esfuerzo de aprender el euskera. No es fácil el arraigo en una ciudad donde, aunque te puedes comunicar en castellano con todos, la mayoría se expresan habitualmente en vascuence. De ahí que una presión social excesiva del idioma se puede convertir en un freno para que vengan los mejores profesionales. Por otra parte, cuando se llega con niños en edad escolar y no se permite la opción de una enseñanza en castellano, se produce una gran crispación, sobre todo si no tiene claro cuánto se prolongará la estancia. La buena acogida inicial por el reconocimiento del prestigio previo es insuficiente para compensar la sensación de vivir en un país que nunca será el tuyo del todo. Se debiera ser más comprensivo con los que no deseen aprender un idioma difícil y restringido a un pequeño territorio. Cuando impera un carácter excluyente se ocasiona un perjuicio económico: la dificultad de reclutar mano de obra de otras comunidades en las áreas laborales más competitivas. Otro factor que influye negativamente a la venida del ingenio es la resistencia de los directivos y técnicos de multinacionales a trasladarse a un lugar en que hay terrorismo; den por seguro que no enviarán a los más sobresalientes.
Integrar la heterogeneidad
Las actividades en I+D+i precisan un clima proclive al intercambio de ideas incompatible con un ambiente excluyente. Cada vez que sólo nos importan los que piensan como nosotros, los ‘nuestros’, estamos ahuyentado a los distintos, y privándonos de la variedad imprescindible para tener contraste, y poder ser así creativos. Recuerdo el libro de Naisbitt Megatrends 2000 (escrito en 1990), en la que el autor proclama que California es una región tan emprendedora, y por lo tanto tan próspera, por constituir una encrucijada donde confluyen de un modo constructivo múltiples orígenes nacionales (wasp, polacos, italianos, chicanos, caribeños, hindúes, chinos, coreamos, vietnamitas…), religiones y razas. Cuando hay una cultura de apreciar las aportaciones de las personas, sin discriminación alguna por sus referencias personales, hay una mayor riqueza de ideas. El talento colectivo es la mayor riqueza de un país, y esa inteligencia compartida es, si cabe, más valiosa si congrega ingenios distintos, pues la heterogeneidad es la condición previa para la creatividad. Sólo desde el contraste de talantes, ideas y actitudes culturales se provoca la fertilidad. De ahí que un país puede caer en una cierta involución social, cuando regresa a la endogamia. De otra parte, un nacionalismo moderado, un afecto a la propia región que integra de un modo armónico los elementos exteriores con la idiosincrasia local, es prometedoramente valioso. Si en Euskadi surgiera desde la escuela esta nueva mentalidad, más abierta, les aseguro que ese gran país sería una de las regiones de mayor bienestar económico de Europa.
Institución Futuro
Share This