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La sociedad no puede asumir incrementos sucesivos, con el esfuerzo que ellos implican, sin exigir un retorno

El pasado 7 de abril arrancó oficialmente la campaña de la renta en Navarra. Un momento clave en el calendario fiscal que, más allá de sus implicaciones administrativas, invita a reflexionar sobre el papel de los impuestos en nuestra sociedad y, sobre todo, sobre cómo se gestionan los recursos que entre todos aportamos.

Navarra tiene una posición singular dentro del mapa fiscal español. Con competencias propias en materia tributaria, puede diseñar un sistema ajustado a sus necesidades y prioridades. Esa capacidad es una gran oportunidad, pero también una enorme responsabilidad. El reto está en lograr un equilibrio que garantice ingresos suficientes para sostener servicios públicos de calidad, sin descuidar la competitividad económica ni el incentivo al esfuerzo y la inversión.

La cuestión no es si hay que pagar impuestos -eso lo damos por descontado- sino cómo se administran esos recursos. La eficiencia no debería ser un concepto reservado al sector privado. En la gestión pública también importa, y mucho. Porque detrás de cada cifra presupuestaria hay un esfuerzo ciudadano, una renuncia al consumo personal en favor del bien común. La buena política fiscal no se limita a recaudar, sino que también exige gastar con inteligencia, con transparencia y con criterios de eficacia.

Uno de los puntos clave en este debate es la relación entre carga fiscal y retorno social. Es decir, cuánto pagamos y qué recibimos a cambio. Ese binomio debe estar presente en todas las decisiones que afectan a la política tributaria y al diseño del gasto público, teniendo en cuenta que lo público está al servicio del ciudadano, y no a la inversa. Si queremos que la ciudadanía confíe en las instituciones es fundamental que perciba que sus impuestos se traducen en servicios útiles, accesibles y bien gestionados.

Además, no podemos obviar el contexto. En un mundo cada vez más interconectado, donde personas y empresas pueden cambiar fácilmente de lugar de residencia o de inversión, la fiscalidad se ha convertido también en un factor de atracción o de fuga. Si otros territorios ofrecen condiciones más competitivas, Navarra no puede ignorarlo. Diseñar un sistema equilibrado, que recaude lo necesario sin ahogar la actividad económica, resulta más urgente que nunca.

En paralelo, el Gobierno de Navarra ha aprobado recientemente su marco presupuestario plurianual para el periodo 2025-2028, en el que todos los departamentos verán incrementado su gasto público. ¡Enhorabuena! La verdad es que no debe resultar muy difícil si año tras año “nos olvidamos” de deflactar la tarifa. Este planteamiento abre un debate legítimo y necesario entre la ciudadanía: ¿es necesario gastar más en todos los ámbitos, o sería más sensato revisar primero cómo se está gastando lo que ya tenemos? Aumentar el gasto no garantiza por sí mismo mejores servicios. La clave está en gastar mejor. Ampliar sistemáticamente los presupuestos, sin un análisis profundo de su eficiencia, sin eliminar todo lo innecesario y sin priorizar las áreas donde verdaderamente se generan resultados, puede llevarnos a una espiral de gasto poco sostenible.

Llevamos ya muchos años con unos incrementos de ingresos fiscales muy importantes, principalmente del IRPF y, sin embargo, no nos da la sensación de que hayamos tenido mejores servicios. La planificación plurianual 2025-2028 se hace muy necesaria, pero con el objetivo de una continua reducción de gastos, aprovechando las ventajas que nos puede dar la digitalización y la Inteligencia artificial entre otros avances tecnológicos. Las empresas privadas lo tienen claro y al parecer no tanto las empresas públicas y la Administración.

La sociedad no puede asumir incrementos sucesivos, con el esfuerzo que ellos implican, sin exigir un retorno. Porque la eficiencia del gasto no depende solo de los presupuestos, sino de cómo se aplican. Hay margen de mejora en muchos ámbitos. Procesos lentos, burocracia innecesaria o duplicidades administrativas son ineficiencias que deben corregirse. La gestión pública debe aspirar a estándares de calidad y agilidad similares a los que se exigen en cualquier empresa moderna. En definitiva, Navarra se encuentra en una posición que le permite liderar una forma distinta de entender la política fiscal: una que combine responsabilidad en los ingresos con rigor en el gasto. No se trata de recortar, sino de priorizar. No se trata de recaudar más por sistema, sino de hacerlo mejor sin asfixiar al contribuyente ni favorecer su huída, un contribuyente más concienciado si cabe en esta época del año con este tema. Una fiscalidad bien diseñada y una gestión pública exigente son claves para preservar lo que más valoramos: un estado de bienestar sólido, justo y sostenible que valoramos mucho.

José María Aracama Yoldi. Vicepresidente del think tank Institución Futuro