
Esta pesada herencia limita las oportunidades de expansión. En esta situación es importante saber si nos podremos aprovechar con ventaja de las mejores expectativas que presentan la economía nacional e internacional y olvidaremos pronto las penurias y dificultades de los últimos años. Sobre este asunto el diagnóstico no es muy favorable. El balance de los cambios que hemos abordado en estos años resulta bastante desalentador.
Seamos autocríticos. Por ejemplo: ¿Hemos aprovechado este tiempo para modernizar la industria y las empresas reforzado su competitividad? Pensar en la industria es esencial porque es hablar de la economía real, aquella que genera valor, empleo y rentas. Reflexionar sobre las empresas es pensar sobre las oportunidades de innovación y creación de empleo que existen. La competitividad de la industria es la base del bienestar de nuestra sociedad. La crisis ha tenido unos efectos devastadores sobre muchas pequeñas y medianas empresas, un número importante de ellas ha desaparecido teniendo un impacto relevante sobre la creación de valor y el empleo. Pero las que sobreviven: ¿Están abordando en profundidad la modernización de su capital tecnológico, humano y organizativo?
La evidencia disponible sugiere que muchas no y los debates que se suscitan en los foros políticos sobre el futuro de la economía son cortoplacistas y simples. La industria navarra tiene debilidades notables que no hemos corregido y se enfrenta a importantes obstáculos que no están superados y que lastran su capacidad de crecimiento futuro. El precio de la energía es uno de los más elevados de Europa y es una partida fundamental del coste de muchas organizaciones. Sigue habiendo rigideces en el funcionamiento del mercado de trabajo y se avanza poco en la flexibilidad interna de las empresas; horarios, jornadas, polivalencia y movilidad interna. Las relaciones entre dirección y trabajadores están encasilladas en el conflicto. Hay una elevada desconfianza entre sindicatos y empresarios y los acuerdos llegan con lentitud, son limitados y producen un gran desgaste. Hay una notable desconsideración hacia las personas en muchas empresas que no son capaces de integrar y motivar a sus empleados. La formación continua y la profesional presentan importantes carencias. Y el pequeño tamaño de muchas plantas impide la generación de economías de escala, hace que sea más difícil exportar, limita la innovación y dificulta el acceso a la financiación para propiciar el crecimiento empresarial.
En estas circunstancias el futuro está lleno de incógnitas. La combinación de malas decisiones empresariales, centradas sólo en la reducción salarial para sortear los problemas, unas tensas relaciones sindicales sustentadas en la desconfianza que dificultan los cambios y la ausencia de una política industrial activa e innovadora, nos llevan a una erosión del tejido industrial. Estamos perdiendo capacidades y competencias críticas para competir en el mundo. Necesitamos impulsar nuevas estrategias en la industria si queremos generar crecimiento. Y esta gran transformación hay que hacerla con intensidad y rapidez. Si aspiramos a un crecimiento robusto, hay que desarrollar iniciativas, políticas y acuerdos distintos a los que llevamos haciendo en los últimos veinte años. Hay que superar la desgastada agenda negociadora de cuestiones pasadas, las viejas recetas, porque la prosperidad hay que ganarla, no llegará sola.