
Los resultados de la economía navarra así como las expectativas sobre su futura evolución, resultan decepcionantes. Describen un panorama difícil. Para una economía como la navarra, con un peso significativo de la industria, una tasa de desempleo en el entorno del 19% pone de manifiesto la notable vulnerabilidad de la economía y la creciente debilidad de su tejido empresarial.
Sabemos que hay un grupo de empresas en Navarra altamente competitivas. Muchas tienen un perfil multinacional, otras son familiares, actúan en mercados exigentes y hace tiempo que compiten en el mundo. Algunas son líderes en sus negocios, todas invierten en tecnología y herramientas sofisticadas de gestión. Pero su número y pujanza no es suficiente para garantizar un crecimiento sostenido.
Hay, por otro lado, un número notable de empresas con capacidades empresariales tradicionales y competencias limitadas. Sus modelos de gestión están anticuados. Su tamaño es inadecuado y su cartera de productos y mercados resulta escasamente atractiva. Carecen de tecnología propia, les falta capacidad para construir un proyecto empresarial integrador, desconsideran al capital humano y tienen dificultades para cooperar con otras empresas e instituciones, innovar e internacionalizarse. Su posición competitiva se fundamenta más en la imitación y costes bajos que en el desarrollo de estrategias diferenciadas.
Con esta deficiente base para competir les resulta difícil defender su cuota de mercado, mantener el empleo y crecer. Una parte del entorno industrial tiene que redefinirse en profundidad y abandonar sus actividades más obsoletas. Por eso, ante la gravedad de la situación, resulta incomprensible la modestia de las acciones que se programan para superarla.
El Gobierno de Navarra acaba de aprobar un conjunto de iniciativas sin demasiado orden ni alcance. Seguimos tomando pequeñas iniciativas para capear el temporal y continuamos sin mirar al futuro. Vamos a remolque haciendo ajustes en las empresas y la administración, pero seguimos sin abordar reformas de alcance y nos falta ambición para plantearnos proyectos innovadores. Resulta descorazonadora la ausencia de una política industrial compartida, discutida por los principales protagonistas de la acción colectiva, empresas y administración, y construida desde abajo hacia arriba que impulse la competitividad y defina incentivos, programas y actividades que modernicen la economía y las empresas. Se trata sobre todo de generar y discutir ideas nuevas que nos ayuden a vislumbrar un futuro distinto y no la continuidad de las viejas pautas y recetas.
Es urgente definir una estrategia industrial que apueste por potenciar la manufactura como base y fundamento de nuestro crecimiento futuro. Sin industria no hay innovación. Sin industria no hay prosperidad ni futuro.
Miremos más a Alemania y menos a China. Las bases para actuar están claras:
Hay que modernizar el sistema fiscal y establecer incentivos fiscales que beneficien a las microempresas y a las pymes para facilitar el aumento de su tamaño, potenciar su desarrollo y así mejorar su productividad.
Se debe invertir en infraestructuras del conocimiento y apostar por estrategias de colaboración e innovación entre empresas, centros tecnológicos y universidades. Por eso resulta imprescindible activar con urgencia el plan tecnológico para que con una visión innovadora de la competitividad, se desarrollen las bases para avanzar y explorar nuevos caminos.
Es preciso modernizar la administración pública, dotarla de más talento y menos intervención directa. Hay que mejorar la regulación, reducir sus costes y simplificar y agilizar los trámites administrativos para facilitar el desarrollo de la actividad empresarial.
Se deben establecer mecanismos para facilitar la financiación empresarial, para activar la inversión y el crecimiento con propuestas no convencionales que complementen la financiación bancaria tradicional hoy atrapada en una trampa de falta de liquidez, solvencia y garantías.
En definitiva, hay que abordar con urgencia proyectos e iniciativas de alcance y ambición que modernicen la economía. Hay que cambiar ese ambiente tan extendido de desánimo y resignación por otro que se fundamente en la iniciativa, el compromiso y la búsqueda colectiva de soluciones a los problemas que tenemos. Si no lo hacemos nosotros ¿quién lo va a hacer? El declive no es inevitable pero tampoco la prosperidad. Nuestro futuro y fortuna no depende tanto de lo que suceda en China o Brasil, sino de lo que nosotros elijamos hacer.