Mucho se ha escrito sobre la necesidad de conciliar la vida laboral y familiar. Poco a poco, incluso en nuestro país, uno de los más alejados de la conciliación por causa de los terribles horarios laborales, comienza a facilitarse la vida de las familias. O habría que decir que más bien se intenta arreglar la vida de las mujeres, mediante políticas que les ayudan a combinar su desarrollo profesional con las ocupaciones familiares. Por ahora, la mayoría de los varones, y es una realidad generalizable a toda Europa, continúan centrados sobre todo en el trabajo. Porque como señala un reciente informe del think-tank Demos, The Other Glass Ceiling, The Domestic Politics of Parenting, el peso de la vida doméstica sigue dependiendo de las mujeres. Ello se debe en parte a que las políticas de conciliación no han conseguido superar el estereotipo según el cual el papel básico del varón está fuera de casa. A muchos hombres les cuesta asumir las responsabilidades domésticas y no se sienten cómodos al sustituir a sus parejas en las tareas de casa. Por ejemplo, mientras un 44 por ciento de las mujeres británicas están dispuestas a tomarse el día libre si su hijo está enfermo, sólo el 3 por ciento de los varones haría lo mismo.
Para romper este arraigado patrón social, el estudio señala que sería conveniente revisar las políticas de conciliación para que no se piense sólo en el espacio laboral, sino también en el hogar. De todos modos, tal vez lo más importante es que haya un cambio de mentalidad, para que la dedicación a la familia no se vea como una especie de carga que hay que solventar de la manera más políticamente correcta. Si pensamos en nuestra responsabilidad como artífices de una sociedad integrada y madura, la dedicación a la familia es en determinadas etapas de la vida más importante que la actividad laboral.