Pocas cuestiones generan tanto consenso en una sociedad como la necesidad de los impuestos para sostener los servicios públicos que necesitamos y el estado del bienestar que queremos para todos. El Estado es de lo común y debe ser solidario con todos. Nos puede gustar más o menos su nivel; podemos discutir sobre qué tributos son más justos o cuáles más dañinos; incluso podemos disentir en qué invertirlos o gastarlos… pero la idea de que sin impuestos no habría servicios públicos la entendemos prácticamente todos.
Sin embargo, asistimos estos días en Francia a un movimiento incipiente y muy preocupante: Nicolas qui paie, es decir, “Nicolás, el que paga”. Y ¿quién es ese Nicolás? Según su propia cuenta en la red social X, “Nicolás, eres tú, soy yo: los trabajadores a quienes se les quita el fruto de su trabajo para dárselo a otros. Pagamos todo: pensiones que no tendremos, ayudas sociales masivas, una cultura excesivamente subvencionada, una seguridad social accesible para cualquiera, etcétera”. Como decía: muy preocupante.
¿Sólo pasa esto en Francia? Aunque como fenómeno distinto, hace unos días, el Instituto de Estudios Fiscales, entidad dependiente del Ministerio de Hacienda de España, daba a conocer que un tercio de los jóvenes españoles (de 18 a 24 años) cree que estaríamos mejor sin impuestos. Que viviríamos mejor. La cifra supera el 30% entre los españoles de 25 a 39 años y, a partir de esa edad, ese sentimiento decrece hasta el 9,7% de los mayores de 65 años. Es decir, los jóvenes parecen no querer impuestos, pero los mayores, sí.
¿Tienen algo que ver estas opiniones con lo que recibe cada uno a cambio? Otro reciente informe, en este caso de Fedea, ha estudiado el impacto distributivo en los hogares españoles de las prestaciones públicas y el sistema fiscal. Pues bien, según el citado informe, los hogares cuyo cabeza de familia tiene entre 30 y 40 años pagan, por término medio, un 40,1% de sus ingresos en impuestos, mientras que los servicios públicos que reciben —monetarios y en especie— equivalen al 20,5%. Dicho de manera simplificada, pagan “de más” por lo que reciben a cambio. Conforme la edad aumenta, sobre todo a partir de los 65 años, ocurre justo lo contrario: se recibe del Estado por encima de lo que se aporta.
Estos son los datos y ahí está el hecho real del movimiento social francés citado. Independientemente de otras valoraciones que podamos realizar, ambas realidades manifiestan un malestar real de los jóvenes por la percepción —¿o mejor constatación?— de que pagan mucho para sostener un sistema que no les garantiza en la actualidad vivienda, empleo estable ni servicios de calidad; ni tampoco un futuro más próspero ni una garantía en sus pensiones. Dicho de otra manera: un sistema que no funciona. Lo podemos juzgar equivocado, pero la tentación de rechazar el contrato social es comprensible.
En mi opinión, el problema no es la mala imagen del sistema fiscal ni un posible cortoplacismo de los estamentos más jóvenes de nuestra sociedad, sino la falta de confianza en él. Por ello, la solución a todo esto no pasa solo por insistir en la importancia de pagar impuestos, recordarlo y realizar mucha pedagogía. Pasa por reformar el sistema y el gasto público para que los ciudadanos, jóvenes y no tan jóvenes, perciban que su contribución tiene sentido. Eso exige eficacia en la gestión, transparencia radical, menos clientelismo y duplicidades, y una política fiscal coherente.
Es necesario también un debate honesto sobre la sostenibilidad del modelo. España encara un desafío fiscal enorme: una población envejecida, un gasto en pensiones ya disparado y una productividad que no mejora. Los jóvenes saben que serán ellos quienes deban pagar la factura. De ahí que muchos reaccionen con rechazo a la idea misma de los impuestos. Pero la alternativa no es viable: sin un sistema fiscal sólido, no habrá ni Estado de bienestar ni futuro digno.
El reto, por tanto, es doble: hacer que el sistema sea más eficiente y justo y convencer a las nuevas generaciones de que merece la pena sostenerlo. Sin impuestos no hay sociedad moderna posible. Lo que sí podemos y debemos discutir es cómo recaudarlos de la manera más eficiente y, sobre todo, cómo gastarlos mejor. Quizá esa sea la gran tarea pendiente de nuestra política: devolver a los jóvenes la confianza en que cada euro de impuestos contribuye a construir un país más justo, competitivo y con futuro.
José Ramón Lacosta. Presidente del think tank Institución Futuro.
