Como recordaba Fernando Eguidazu en una conferencia de Institución Futuro, España padece dos crisis: la internacional y nuestra propia burbuja inmobiliaria. La segunda sufre el vértigo de haber construido en los últimos años el doble de viviendas de las que demandaba el mercado. Pero con unos tipos de interés tan bajos, el inmobiliario era el campo de inversión perfecto, siempre y cuando continuara revalorizándose. Problema: llevamos un año de caídas generalizadas de precios. Y lo que nos queda. Las previsiones de TINSA hablan de un desplome del 20% para este ejercicio.
Mientras tanto, los bancos se van erigiendo como inmobiliarias. Algunos ofrecen viviendas con descuentos de hasta el 30% a sus empleados y clientes. De alguna manera tienen que aumentar su liquidez. Y, tras un 2008 con casi 50.000 embargos por impago, y después de ver quebrar inmobiliarias y constructoras, si algo les sobra a los bancos son casas. Tantas como para montar líneas de negocio independientes: Altamira Santander Real Estate, del Santander, o Solvia Gestión Inmobiliaria, de Banco Sabadell, son dos buenos ejemplos.
En Navarra la situación no es mala, pero las perspectivas sí: seguimos manteniendo una de las cifras de ejecuciones más bajas, pero ésta subió en un 227% en el último trimestre del año pasado (el segundo mayor aumento en España, tras La Rioja).
Ahora que la crisis inmobiliaria ya es uno más en la familia, merece la pena echar la vista atrás, a la época dorada de la vivienda. Para el recuerdo, dos titulares, ambos de la web de El Economista: “¿Estallará la burbuja inmobiliaria? España es el cuarto país con menos riesgo de Europa” y “Los españoles creen que la vivienda subirá un 23,4% al año hasta 2016”. Lo dicho, jóvenes e ingenuos.