Cuando no se escucha o no se valora a los colaboradores que tienen el aval de un prestigio profesional acreditado, el efecto es que los mejores abandonan al líder, por no estar dispuestos a traicionarse a sí mismos. El buen líder, ése al que le importa más la excelencia de las ideas que el orgullo de mostrar que son propias, suele admitir la crítica, y muda de opinión cuando percibe que la solución que le proponen es mejor que la suya.
Evidentemente, cuando la nómina depende de la identificación absoluta con el líder, no hay libertad para discrepar, a no ser que el que se atreve a ser díscolo tenga otra vía alternativa de ganarse la vida. Cuanto más bajo es el perfil del equipo de un gobernante, menos probabilidades existen de que esos colaboradores posean criterio propio y/o se atrevan a manifestar su disconformidad.
Shakespeare y la adulación
Una de las consecuencias de rodearse de halagadores es la que decía Shakespeare: Quien se complace en ser adulado es digno de ser engañado por el adulador. Así, uno de los peores engaños que causan las alabanzas indebidas en un gobernante es la pérdida del sentido de la realidad, ceguera que suele conducir a la pérdida del apoyo popular. Esta situación que les he descrito es real. Miren hacia atrás y descubrirán que es la causa de que grandes líderes se volvieran arrogantes e inútiles para una función de gobierno.
El arma que tenemos los ciudadanos para evitar o corregir que los políticos nos reclamen adhesión a las ideas y no a sus personas es el destino que demos a nuestro voto. Debemos mostrar nuestro rechazo a líderes que, simpatías personales aparte, nos hayan defraudado con su comportamiento o acción de gobierno. Ante estas conductas políticas infieles al ideario que habían prometido defender, lo mejor es mirar en nuestro interior y no dejarnos manipular cuando nos pidan fidelidad a su persona.
A un gobernante se le debe penalizar cuando traiciona los principios por los que nos convencieron para que le votásemos. Tampoco el que un candidato sea buena persona es motivo suficiente para brindarle nuestro apoyo. Nuestra racionalidad debe imponerse a nuestra emotividad cuando acudimos a las urnas. Hay que ser serios y establecer prioridades para seleccionar nuestro candidato. El currículum profesional debe ser tenido en cuenta en nuestra elección en cuanto que constituye un buen predictor de lo que una persona hará en el Gobierno.
Pondré dos ejemplos que merecen no sólo respeto sino también admiración. En las pasadas elecciones hubo tradicionales votantes del Partido Popular que castigaron a su formación por discrepar del envío de tropas de pacificación a Irán. La segunda referencia, esta vez autonómica, es la asistencia de muchos socialistas a la manifestación en Pamplona bajo el lema Navarra no es negociable. Su presencia fue un gesto de disconformidad con la concesiva postura de Zapatero hacia los que quieren anexionar Navarra al País Vasco.
Ambos son ejemplos de responsabilidad ciudadana a imitar. Termino rogándole que aunque no esté conforme con el sistema partitocrático que padecemos acuda a las elecciones. Los demás ciudadanos necesitamos su participación. Y si acude a las urnas, no lo olvide, vote a sus principios, no a sus simpatías. Como decía Peggy Noonan hace dos semanas en el Wall Street Journal: En política, las ideas son más importantes que la gente. Ojalá esta reflexión le sirva para los próximos comicios.