
La democratización del lujo ya está aquí. Se democratizó la moda (baste comprobar cómo fusila Zara el último bolso de Marc Jacobs o el zapato más solicitado de Jimmy Choo cambiando aquel detalle que encarece el proceso de producción). Se democratizó el mueble (sólo hay que remitirse a los populares diseños de Ikea que mimetizan a los más innovadores de Philip Starck). Y se democratizó el ocio (ya cualquiera puede viajar en los aviones de Ryanair o Easyjet por menos de lo que vale un billete de autobús). Lo que antes estaba reservado a unos pocos elegidos ahora está al alcance de todos. Resulta sorprendente que si en la actualidad uno de cada ocho vuelos es ‘low cost', se prevea que en el 2010 uno de cada diez pasajeros utilizará este tipo de viajes. De hecho, para entender la magnitud de este nuevo mercado, Soldinsalvo (la primera feria internacional dedicada al ‘low cost’, celebrada en Roma) estimó que este sector genera el 5% del PIB de Estados Unidos (aproximadamente, unos 2,8 billones de euros).
En España, sin ir más lejos, el ‘low cost’ mueve cifras de 35.000 a 40.000 millones de euros. Estas consolidadas empresas ‘low cost’, además de generar importantes ingresos, están demostrando ser capaces de crear inclusión social. Así, para la generación mileurista (aquellos que cobran alrededor de mil euros al mes) y los menos acomodados, los precios bajos de estas empresas se convierten tan necesarios como los servicios sociales, ya que con este tipo de compras aumenta el poder adquisitivo de los salarios. Casi se podría llegar a decir que la responsabilidad social -término tan de moda- de las empresas ‘low cost’ es la maximización del beneficio de éstas, ya que la mera existencia de estos servicios y bienes de consumo nos hacen la vida más fácil.