Hoy hemos sabido que los ultranacionalistas han obtenido la mayoría en las primeras elecciones generales que celebraba Serbia tras la caída de Milosevic. Aunque su triunfo se limita al 30 por ciento y no tienen posibilidad de formar gobierno, resulta descorazonador comprobar lo poco que el buen espíritu democrático ha prosperado en esas tierras. Los ciudadanos prefieren apoyar una visión fatal de su futuro en la Historia, alimentada una vez más por los falsos mitos de los que tan rentable partido suelen sacar los políticos populistas. Pese al desastre de la guerra de los Balcanes, los decenios de dictadura y el prometedor ejemplo de la Unión Europea, los votantes se niegan a creer en las posibilidades de la democracia y prefieren apostar de nuevo por regímenes excluyentes y abocados al autoritarismo.

Lo malo de la noticia no es que la sociedad serbia se resista a madurar políticamente. Es que no está sola. Como constata el Cato Institute en The Rise of Populist Parties in Central Europe, el fenómeno del populismo vive un auge en toda Centroeuropa, sobre todo en los países del antiguo bloque comunista. Se produce una paradoja: los individuos están satisfechos con el capitalismo, pero temen la libertad en otros ámbitos. La clave de la contradicción está en que existe una fuerte desconfianza hacia la clase política. Muchos ciudadanos apuestan por quienes les prometen mano dura para regenerar el sistema político a base de autoridad y protagonismo del Estado, sin pararse a pensar que la decisión les conduce de nuevo al totalitarismo. Desconcierta ver que Europa, uno de los proyectos de más éxito en la accidentada trayectoria de nuestra civilización, no posea el atractivo suficiente para que todo el mundo quiera participar en él y olvidarse de épocas funestas. Estamos cercados por una siniestra serie de ‘ismos’, y a los europeos nos falta coraje para defender con valentía lo que tantos años y tantas víctimas nos ha costado conseguir.

Entradilla:
Hoy hemos sabido que los ultranacionalistas han obtenido la mayoría en las primeras elecciones generales que celebraba Serbia tras la caída de Milosevic. Aunque su triunfo se limita al 30 por ciento y no tienen posibilidad de formar gobierno, resulta descorazonador comprobar lo poco que el buen espíritu democrático ha prosperado en esas tierras.