
El dinero no todo lo puede comprar. Esta semana ha aparecido la tediosa lista que muchas mujeres temen: el ranking de las peores vestidas de 2006. Una vez más, lo encabeza una millonaria, Paris Hilton, hija del magnate de los hoteles de lujo Hilton, por lo que podemos confirmar que la elegancia no depende del dinero, sino del buen gusto. Afortunadamente, tampoco depende de la riqueza la felicidad.
Así lo revela un artículo de The Economist, que constata que no nos ha hecho más felices el alto desarrollo económico del capitalismo y el prolongado crecimiento económico del que disfrutamos. Según relata, los ricos tienen más posibilidades de ser felices que los pobres, pero no por ello se hacen más felices a la velocidad de como se hacen más ricos. La revista considera que es más importante para la felicidad el bienestar individual que los ratios que miden el crecimiento. Aunque parezca una tautología, este descubrimiento constituye una nueva tendencia en la economía, que empieza a encargarse de algo más que de frías estadísticas. Es lo que viene a denominarse la “economía de la felicidad”. En esta línea de investigación, el Nobel de Economía 2002 D. Kahneman ha creado el hedonímetro que mide los estados emocionales y el nivel de felicidad. Pero, ¿se puede cuantificar la felicidad como si de exportaciones o inversiones se tratara?
Otro estudio que corrobora este análisis es el que la revista Science reprodujo el pasado noviembre. Y es que, según este experimento, las personas que piensan en dinero se vuelven individualistas, se aíslan de otras personas, ayudan poco a los demás y esperan poca ayuda del resto de la sociedad. En contraposición, el dinero les ayuda a ser autónomas y a esforzarse para conseguir sus objetivos. ¿No se tratará de la eterna historia a la que aludía Voltaire cuando afirmaba que “quienes creen que el dinero lo hace todo, terminan haciendo todo por dinero”?