Expansión, 25 de agosto de 2007
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
Una de las políticas más fácilmente evaluables en un gobierno es la de la construcción y mantenimiento de las obras públicas. Así como hay ministerios, como el de Educación, en los que aplicar una mala política se nota quince años más tarde, hay otros, como el de Fomento, que requiere poco tiempo para percibir la ineficacia de la gestión y la incompetencia de su ministro.
El corte de suministro eléctrico ocurrido en Cataluña es el ejemplo más reciente de la rapidez con la que se acusa una infraestructura deficiente. La consecuencia de la enérgica protesta ciudadana ha sido la petición del cese de la Ministra de Fomento por parte de varios partidos políticos.
Otra muestra de la ineptitud de Magdalena Álvarez, sin duda más censurable, es el escaso aprovechamiento que se hace de la vía férrea, lo que provoca que nuestras carreteras reciban una sobrecarga de vehículos. Obviamente se necesitan más autovías y autopistas pero, en tanto se construyen, hay otra medida que requiere más ingenio y menos dinero: reducir el número de vehículos en la carretera. No me refiero a la conveniente alternativa del fomento del trasporte público, sino a dejarle de poner trabas al tránsito de trenes de mercancías para que más transporte pesado elija la opción de la vía férrea. Es incuestionable que, aunque se haya liberalizado el transporte de mercancías por ferrocarril, el tratamiento restrictivo que ha recibido hace que parezca que se quiere impedir su utilización.
La mayor limitación que sufren los trenes de mercancías es su subordinación absoluta a los de pasajeros. Estos trenes tienen muy restringidas tanto la preferencia de ‘surco’ (derecho de paso a una hora determinada) como la velocidad máxima. Obviamente, si el transporte por ferrocarril no tiene fiabilidad en la hora de entrega del producto y le cuesta mucho más tiempo que el razonable, pocas fábricas que funcionen ‘just in time’ optarán por el transporte ferroviario. Parece que la ministra no se da cuenta de que no es impopular que los trenes de mercancías tengan un tratamiento más favorable. Un mejor aprovechamiento de la vía férrea conlleva unas carreteras más despejadas, menos accidentes de tráfico, menores costes para las empresas, menor consumo de energía, ahorros de tiempo, menos a pagar por la emisión de gases y, además, un país ambientalmente más sostenible.
Lo deseable para España sería que los trenes de mercancías tuvieran vías propias, igual que también las tienen muchos de los trenes de cercanías. La vía tradicional de los trayectos que ya tienen el AVE debe cederse a los trenes de mercancías, pues el beneficio que produciría para la nación sería muy superior al leve perjuicio de la supresión de esos lentos trenes de pasajeros. Otro aspecto importante es escarmentar en cabeza ajena y evitar lo que está pasando en algunos puertos marítimos de Holanda y Alemania: el colapso de camiones en las autopistas que salen de esas ciudades.
Otro asunto es evitar el tráfico que cruza la península sin dar servicio a España. Me refiero a los 120.000 camiones que cada año vienen a España desde Marruecos para salir hacia Francia y a las decenas de miles que viene de Francia para abastecer Portugal. De ahí que debiera estudiarse el que, con las obras públicas que se requieran, la vía férrea de Algeciras a Perpiñán tenga un uso prioritario para mercancías. La reducción de este tráfico internacional redundaría en beneficio del transporte nacional de mercancías por carreteras que, al igual que los turismos, tendría las vías mas despejadas y permitiría ser más rápido y gastar menos combustible. También sería importante que la consideración del transporte en Europa no se hiciera por países, sino con un tratamiento continental. Ahí la Unión Europea podría ayudar a que imperase un criterio más global que nacional que beneficiara al transporte de mercancías de todos los países miembros.
La única razón que explica la contundente defensa que Zapatero ha hecho de Magdalena Álvarez es un posible adelanto electoral. La ministra debiera aprovechar el poco tiempo que le queda para mejorar su deteriorada imagen. Un modo de hacerlo sería dinamizar la inoperante entidad pública ADIF (Administrador de Infraestructuras Ferroviarias) para que resulte más eficiente. Probablemente da más votos cortar cintas de inauguraciones de nuevos trayectos de AVE, pero haría un mejor servicio al país si fuera capaz de impulsar políticas que aprovecharan mejor las vías férreas.