Diario de Navarra, 29 de junio de 2008
Emilio Huerta, Director del Centro para la Competitividad de Navarra (CCN)
Todos los indicadores sobre la situación económica reflejan una opinión muy negativa sobre las perspectivas económicas futuras de nuestra economía. Hay un fuerte pesimismo sobre la evolución del consumo privado, las expectativas son que los tipos de interés van a sufrir una notable subida y ello en un escenario de un fuerte impulso en el crecimiento de los precios.
Todo este conjunto de indicadores refleja un momento económico inquietante pues las expectativas de consumidores e inversores tienen un efecto sustancial sobre sus comportamientos y afectan a sus decisiones de gasto y por tanto a la economía real. Las familias, enfrentadas a un escenario lleno de incertidumbre, deciden reducir su consumo y aumentar su tasa de ahorro, y los inversores que observan que la demanda se resiente y se contrae, van a reconsiderar sus proyectos de inversión tratando de ajustar bien su capacidad de producción a las nuevas estimaciones de una demanda total ahora más modesta.
Estas expectativas de los principales actores sociales de la economía se asocian a una realidad económica sobre la que simultáneamente están interviniendo tres elementos sustanciales: la crisis inmobiliaria, la reducción del crédito y el aumento de los precios de las materias primas y la energía. Algunos economistas le han puesto nombre a esta situación realmente compleja: la tormenta perfecta.

El ajuste inmobiliario se está acelerando con caídas en precios y actividad superiores al 20 por ciento, provocando una reducción del empleo en los sectores directa e indirectamente relacionados con la construcción residencial. El crecimiento de los precios afecta al poder de compra de las familias y encarece los costes de los productos. Además las familias se enfrentan al freno en el crecimiento de su riqueza inmobiliaria y también financiera en un escenario de un alto nivel de endeudamiento. Las menores rentas reales reducen el consumo que junto a la restricción en el crédito y el deterioro de las expectativas limita la inversión empresarial.

Frente a esta difícil situación dos son las repuestas que podemos considerar; de un lado, el gobierno del Estado y el de Navarra están aumentando la inversión pública productiva tratando de mantener un nivel de demanda agregada que reduzca el impacto sobre la economía y el empleo. De otro, en el escenario de una economía industrial como la de Navarra, la actuación de la industria va a resultar clave para mantener el tono de nuestra actividad. Afortunadamente, una parte de nuestras empresas industriales están firmemente ancladas y actúan en mercados internacionales en expansión, disfrutando de una sólida posición competitiva. En estas circunstancias, el mantenimiento y el aumento de la cuota de mercado internacional de industrias como el automóvil, electrodomésticos o renovables, resultará fundamental para encontrar un soporte sólido a la creación de riqueza y empleo.

Cuando flaquea la construcción y las actividades de bajo valor añadido se resienten, la pregunta es si la industria actuará como nuevo impulsor del crecimiento. En ese ámbito, la mejora de la productividad y la evolución de los salarios serán las referencias que nos permitirán mantener el crecimiento y recuperar la confianza en el futuro. Seamos realistas, reconozcamos los problemas y abordemos las dificultades con determinación, pero no nos dejemos llevar por un exceso de desconfianza que resulta poco útil para enfrentarnos a la actual situación económica.