El “maestro” Stanley Kubrick lo bordó en su película “2001. Una odisea en el Espacio”. El homínido, el primer emprendedor de la humanidad, toma un hueso entre sus manos y empieza a golpear los restos que tiene a su alrededor. Y, si se fijan, las secuencias siguientes son las de animales que son abatidos por esa misma mano, o por otras que se benefician del “producto” desarrollado por aquel antepasado y que, según estudios recientes, dieron al hombre las vitaminas que le permitieron aumentar, entre otros, su cerebro.
Puede que les resulte extraño pero, después de tantos millones de años, no somos tan distintos a aquel protagonista de “2001”. Es más, desde el propio Bill Gates pasando por el promotor de persianas “Pepe Pérez S.L.”, si es que existe, todos los empresarios que en el mundo hay o ha habido comparten con nuestro antepasado lo esencial. Tuvieron en un momento dado una idea, la pusieron en práctica y obtuvieron éxito en tanto que su proyecto hizo más fácil la vida de sus semejantes. Este sistema es el que nos ha traído hasta aquí y el que nos ha rodeado de miles de “aparatitos” que hace escasamente medio siglo eran impensables y que han logrado, por primera vez en la historia de la Humanidad, alargar la vida diaria de quienes poblamos este mundo porque todo resulta mucho más simple, más cómodo, más seguro en definitiva.
Sin embargo, sin querer caer en demagogias innecesarias, hoy podemos decir que este modelo está, por lo menos, “bajo sospecha” por dos factores fundamentalmente. Se ha vuelto al arquetipo carpetovetónico que equipara al emprendedor privado con el obeso explotador de pobres y desamparados trabajadores tan presente a lo largo de los movimientos obreros de finales del siglo XIX y principios del XX. A partir de ahí, se difama la iniciativa privada porque se considera que solo beneficia a quien la promueve y, sin embargo, se desconoce o se oculta deliberadamente que la generación de riqueza se ha convertido en el factor “prioritario” en la lucha contra la pobreza. Así lo atestiguan los últimos datos aportados por el Banco Mundial que señalan que las regiones del Pacífico Oriental, donde se concentran India y China, las naciones que presentan en la actualidad los índices de crecimiento más altos del mundo por su política aperturista y favorable a la iniciativa privada, el nivel de pobreza se ha situado por debajo de los índices que se alcanzaron en 1980. Además, como bien señala Andrés Oppenheimer en su libro “Cuentos Chinos”, estamos ante la punta del Iceberg ya que al año se licencian sólo en China medio millón de ingenieros, muchos de los cuales se han beneficiado del sistema milenario de ahorro de sus progenitores. Un capital que, mayoritariamente, se dirige a facilitar la educación de sus hijos en las mejores universidades y centros formativos del mundo.
Frente a esa realidad, nos encontramos con nuestro sistema educativo que se sabe que es eventual en la medida en que se verá nuevamente alterado con el cambio de gobierno y en el que sólo tres centros de enseñanza superior se encuentran entre las quinientas mejores universidades de todo el mundo. Con ser este dato preocupante, aún lo es más los modelos de comportamiento que se fomentan y que, en la mayoría de los casos, son protagonizados por arquetipos (ni siquiera llegan a la categoría de personajes) que mantienen actitudes infantiles, por no decir pueriles o simplemente desequilibradas ante lo que es LA VIDA, así en mayúsculas. Se jalea a gente que no ha pegado un palo al agua, con perdón, y se equipara brillantez a éxito inmediato mientras conceptos como esfuerzo, buena educación, disciplina, responsabilidad, sacrificio o compromiso se baten en retirada. Estamos hablando, además, de esa misma sociedad que, sin embargo, no tiene ningún problema en señalar con el dedo acusador y desprestigiar al gestor que ha arriesgado y no ha tenido éxito en su proyecto de negocio o que equipara al autónomo con una persona que ha optado por suicidarse en vida.
Estarán conmigo que un país como el que acabamos de describir, en el que una parte de su sociedad ha decidido apagar su cerebro (o está en ello) y otra parte está esperando que le llegue del cielo una solución que le ayude a salir de las dificultades por las que atraviesa, tiene muy difícil poder sobrevivir. Y, sin embargo, en muchos aspectos éste es el símbolo, el signo, el distintivo, la encarnación o el emblema de los desdichados tiempos en los que nos ha tocado vivir… O no. Hoy abrimos con Institución Futuro una línea de colaboración que queremos que sea fructífera y en la que esperamos aportar los elementos de reflexión que permitan la promoción de ideas, organizaciones, ejemplos y propuestas que, como aquel primer hueso que esgrimió el homínido filmado por Stanley Kubrick, aporten beneficio a todos. Bienvenidos.
Jesús Jiménez Juango también escribe en su blog Castigado contra la pared
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