Expansión, 28 de abril de 2007
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
¿Cirugía para recuperar la vitalidad o cuidados paliativos para prolongar una dulce agonía? Ése es el debate interno que todo francés tiene en mente en la presente convocatoria electoral. Aunque la mayoría de los galos es consciente de lo que decía Lampedusa, “todo tiene que cambiar para que esto sea igual”, sigue habiendo muchos que prefieren cerrar los ojos a la realidad y exigir al Estado el mantenimiento de unos privilegios imposibles para la depauperada economía gala.
Francia llega a estas elecciones tras mandatos de presidentes y primeros ministros concesivos que miraban más su carrera personal que las necesidades del país. En la larga presidencia socialista de François Mitterrand (1981-1995) no se acometieron las duras reformas que el país necesitaba, algo que sí hicieron los conservadores Ronald Reagan en Estados Unidos (1981-1989) y Margaret Thatcher en Reino Unido (1979-1990).

En la presidencia de Jacques Chirac (1995-2007) tampoco se impulsaron las políticas renovadoras que Francia imperiosamente requería. Los políticos franceses cometieron desatinos tales como aprobar la jornada de 35 horas semanales, medida que iba en dirección opuesta a los países que mejoran la competitividad. La cultura de la grandeur, unida al convencimiento de que el poderío económico galo era imbatible, propiciaron un Estado Providencia insostenible en el que muchos franceses despreocupadamente se acomodaron.

Consecuencias
El abuso del Estado de Bienestar suele tener una clara consecuencia: las células parásitas chupan tanto de las sanas que al final éstas enferman (y dejar de alimentar a las demás) o emigran buscando un lugar donde su esfuerzo les sea más rentable. El expolio de la Hacienda gala a los contribuyentes franceses es tan confiscatorio que muchas grandes fortunas, y una buena parte del capital intelectual, se han exiliado a países menos expropiadores.

Tal como Nicolas Baverez señala en Francia en declive, hay 800.000 franceses en Londres, 200.000 en California, 150.000 en Bélgica y 100.000 en Suiza. Cuando se van los mejores, los más innovadores, los que tienen un ilusionado espíritu emprendedor y poseen capacidad de asumir riesgo, la sociedad se empobrece y la recuperación se hace más difícil. Ante una situación así, los políticos suelen ser más proclives a gastar los recursos públicos en subsidios en lugar de invertirlos en crear un marco de oportunidades que estimule la creación de empresas.

Permítanme que dé cuatro cifras de 2006 para que perciban la nefasta situación de la economía francesa. El crecimiento del PIB ha sido de un 2%, mientras que en el mundo ha sido de un 5%; su deuda es la mayor de su historia (1.200 millones de euros, un 64% del PIB); y su déficit del comercio exterior se acerca a los 30.000 millones de euros. Por último, el Estado francés emplea el 22% de la población activa.

Estos números arrojan un balance desolador para un país que ha estado en la vanguardia del mundo. Una medida para la que hace falta valor es acometer la cirugía radical que requiere la hipertrofia del sector público. Éste es tan voluminoso que obliga a la Hacienda gala a ser insaciable, lo que provoca que las empresas se deslocalicen en cuanto tienen ocasión.

Ante una economía tan arruinada predominan dos actitudes en los franceses: por un lado, el miedo al futuro, unido a la salvaguardia de unos privilegios sociales que desembocarán en una esclerosis terminal; por otro, los que quieren que Francia cambie, para lo que están dispuestos a sacrificarse. Ése es el debate que los franceses tienen en sus conciencias.

Sarkozy no sólo es consciente de la necesidad de acometer duras reformas para que la economía francesa se recupere, sino que además está siendo sincero con sus electores. Para este estadista, el bien de Francia está por encima del suyo. Por el contrario, la oportunista Royal dice lo que a la gente le gusta escuchar y tranquiliza a los franceses con tópicos efectistas, en los que parece creer firmemente.

Al describir lo que pasa en Francia no puedo dejar de pensar que puede ser la historia que va a vivir España en breve. Hay demasiadas similitudes como para no inquietarse. Vivimos a un ritmo de gasto público desenfrenado que desembocará en bancarrota cuando el ciclo económico cambie y falten recursos para mantener los costes estructurales del sistema.

Nuestro Gobierno, en lugar de aprovechar nuestra frágil bonanza en fomentar la competitividad de un modo estable –por ejemplo, bajar impuestos para que la iniciativa particular tenga recursos para emprender–, se dedica a fomentar la mentalidad del gratis total. ¿Por qué España nunca escarmienta en cabeza ajena? Nuestro presidente debería recordar lo que decía Aldous Huxley: “Los hechos no dejan de existir porque se les ignore”.

Institución Futuro
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