Expansión, 14 de febrero de 2004
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
El entorno económico exterior ya no determina la competitividad de un país. Ahora lo que de verdad cuenta es la inteligencia creativa de los ciudadanos y la capacidad de asumir riesgos.
El entorno económico exterior ya no determina la competitividad de un país. Ahora lo que de verdad cuenta es la inteligencia creativa de los ciudadanos y la capacidad de asumir riesgos.
El panorama de la situación económica de España en el mercado internacional se puede simbolizar en la famosa sentencia que cierra la novela El gatopardo de Lampedussa: “todo tiene que cambiar para que todo siga igual”. Estamos en un momento económico espléndido, pero con una productividad que ha decrecido 0,4% de 1998 a 2002.
Se nos ha dicho de un modo reiterado que nuestra vulnerabilidad a largo plazo puede venir por la rigidez del mercado laboral y las muchas menos horas que trabajamos (1.807) frente a países competidores como Corea (2.447). Yo no me lo creo. Una mejora restringida a estos indicadores es insuficiente para asegurar el porvenir, con el agravante de que los progresos en esas áreas serán cada vez más difíciles. Si queremos mantener nuestro bienestar tenemos que encontrar un camino alternativo a la competitividad por costes bajos.
Un segundo paso es aumentar nuestra inversión en investigación y conseguir que se emplee más eficazmente. Una tercera etapa, de importancia capital, es lograr algo distinto a lo que siempre se ha hecho siendo más creativos. Ahora, el futuro de un país depende sobre todo de tener ideas nuevas en el mundo de los servicios o productos y capacidad emprendedora. Para descubrir qué tenemos que hacer conviene avivar nuestro ingenio e intentar descubrir nuestras cualidades distintivas. Los convencionales y los burócratas nunca conquistarán el mundo. Kevin Nelly dice que “la riqueza surge de la innovación, no de la optimización”.
La cultura del ‘no riesgo’ nos hace ver como una amenaza intolerable todo aquello que pueda modificar nuestra apacible situación. Hay muchas personas que prefieren asegurarse una mediocre realización de su existencia antes que aventurarse ante retos difíciles. Recuerdo una secuencia en la película American Beauty en la que el protagonista (Kevin Spacey) prefiere trabajar de camarero en una hamburguesería para no tener que pensar y asumir responsabilidades. La postura de emplear nuestra energía en mantener lo que ya tenemos, o en asegurarse la vida con una labor ínfima respecto a las propias capacidades es frustrante. Me viene a la cabeza un padre `prudente’ que intentaba persuadir a su hija, recién licenciada en derecho, para que se presentara a una oposición de ordenanza de mi universidad. Tener la vida asegurada no lo es todo; en muchas ocasiones es el camino al empobrecimiento personal. Vale más la pena afrontar el dominio de esas competencias que nos proporcionan enormes satisfacciones: el saber que dirigimos nuestra vida y que estamos haciendo crecer nuestro talento. La memorable película El club de los poetas muertos es un buen alegato para animarse a ser más protagonistas de nuestras vidas, o, si lo prefieren, más auténticos.
Es triste que en nuestra envejecida sociedad europea se vea al fracaso como un sambenito que le cae al que intentó atreverse y erró. En Estados Unidos no se estigmatiza al emprendedor fallido; incluso hay head hunters que lo ven como una experiencia enriquecedora. Ilustra esta situación la anécdota de un joven prometedor, recién nombrado Jefe de División, que comienza su andadura con una decisión que acarrea fuertes pérdidas. Al presentar su dimisión, el Presidente le pregunta si está de broma, que tras haber invertido un millón de dólares en su ‘formación’ no podía abandonarles…
En la época de incertidumbre en que vivimos, el capital más importante de una nación es la suma del talento de sus ciudadanos. Como dicen Ridderstrale y Nordströn, los nuevos vencedores serán quienes generen ideas sin capital, y los nuevos perdedores los capitalistas sin ideas. Favorecer el espíritu emprendedor es una misión de la sociedad civil. No podemos esperar que la iniciativa venga de la Administración porque está sometida a demasiados corsés. Todos debiéramos identificar nuestro talento esencial, mirando en nuestro interior: ¿qué hago realmente bien? ¿en qué destaco frente a los demás? Tras descubrir nuestras potencialidades debemos tener el valor de tomar decisiones y asumir riesgos. La vida se disfruta más cuando llenamos cada instante de ilusión, de voluntad de vivir, de atrevernos a la acción, de decir que sí ante una causa que lo merece. Crear una empresa, alumbrar una nueva actividad, generar empleo, son retos que implican dejar atrás la tranquilidad, pero constituye una realización profesional que llena la vida de la genuina alegría de saberse conquistando algo grande para los demás.

Institución Futuro
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