Expansión, sábado 23 de febrero de 2008
Artículo de Julio Pomés, director del ‘think tank’ Institución Futuro
¿Qué debe decidir el sentido de nuestro voto? Probablemente los problemas que más alarman a la mayoría de los españoles y que deseamos resuelva el nuevo gobierno son dos: en el largo plazo, impedir que continúe la fractura territorial y, en el corto, que la crisis económica se sepa afrontar con inteligencia para encontrar esas oportunidades que albergan las inestabilidades y quiebros de ciclo.
Respecto a la fragmentación que está sufriendo la nación española, es una verdad insoslayable que cuando comenzó a gobernar Zapatero no había dificultades graves con los nacionalismos catalán y gallego. El presidente, buscando una alianza que mantuviese el poder socialista en Cataluña y Galicia, perjudicó algo tan esencial como la defensa de la unidad y cohesión de España. Tras cuatro años de concesiones de Zapatero a las demandas nacionalistas, el adelanto de las posturas separatistas ha sido impresionante.
Nunca se debió haber concedido tanto por tan poco. Jamás por resolver una situación coyuntural de conseguir el poder en una comunidad autónoma se debió malograr de un modo estructural la gobernabilidad de toda España. Lo peor es que, hasta el momento, cada paso que ha avanzado el nacionalismo ha sido irreversible. Resulta exasperante que el Tribunal Constitucional (TC) no sea ya una garantía para la defensa del interés de España. Por el contrario, cada vez con más frecuencia sus sentencias se acercan a las posiciones del partido que controla los poderes ejecutivo y legislativo. En esta línea, muchos tememos que los recursos de inconstitucionalidad del Estatuto de Cataluña, que se han presentado ante el TC, obtengan sentencias que protejan más los intereses del partido que nombró a los miembros de ese órgano, que los de España.
Respecto a la crisis económica, conviene valorar si Solbes tiene credibilidad suficiente para ingeniar y acometer las reformas novedosas que exigen los complejos tiempos que vivimos. Hoy necesitamos un líder económico ágil y activo que tenga capacidad de convicción y valor para rentabilizar la desaceleración. Me refiero a alguien con un talento rápido que haga de la crisis una oportunidad para aplicar medidas estructurales que mejoren la competitividad en España.
Desafortunadamente el sosegado Solbes ha seguido un principio inválido en un mundo nada previsible: no toques lo que funciona. Ahora el mundo se rige por el principio opuesto: hay que tomar decisiones rápidas para anticiparse e innovar más y mejor que los países competidores. A este respecto, el informe El reto de la incertidumbre del Instituto de Estudios Económicos, aparecido en diciembre, apunta como principal conclusión que en nuestro país la política económica ha vivido de las rentas del pasado más que de sus aciertos inmediatos y también que las últimas medidas han ido en la línea contraria del estímulo positivo de nuestro tejido productivo. Este conservadurismo inmovilista de Solbes, unido a su poca capacidad de lucha para enfrentarse a las ocurrencias de cuantiosos gastos sociales de Pepiño Blanco y Jesús Caldera, no parecen las cualidades más apropiadas para enfrentarse a un escenario de cambios cada vez más rápidos e imprevisibles.
Solbes no se caracteriza por sus aptitudes estratégicas para dirigir la economía en tiempos de cambio, pero hay que reconocer que sí posee unas dotes escénicas magistrales, tal como lo demostró en el cruce de monólogos que vimos antes de ayer en televisión. Su modo solemne y contundente de realizar afirmaciones con una selección de datos que ni reflejaban la realidad, ni lo que es más importante, las tendencias, fue muy persuasivo. Supo centrarse en los aciertos, casi todos ellos consecuencia de las políticas del PP en las legislaturas anteriores, no entró en las pésimas cifras macroeconómicas recientes y soslayó la absoluta falta de confianza con que los españoles entrevemos el futuro. Por último, no olvide que mentir en las materias relevantes es la cualidad que hace menos creíble a un político. De ahí que el embuste de afirmar, tras el atentado de la T-4, que no se iba a negociar con los terroristas debiera ser tenido en cuenta si desea que no le vuelvan a engañar.
Nunca se debió haber concedido tanto por tan poco. Jamás por resolver una situación coyuntural de conseguir el poder en una comunidad autónoma se debió malograr de un modo estructural la gobernabilidad de toda España. Lo peor es que, hasta el momento, cada paso que ha avanzado el nacionalismo ha sido irreversible. Resulta exasperante que el Tribunal Constitucional (TC) no sea ya una garantía para la defensa del interés de España. Por el contrario, cada vez con más frecuencia sus sentencias se acercan a las posiciones del partido que controla los poderes ejecutivo y legislativo. En esta línea, muchos tememos que los recursos de inconstitucionalidad del Estatuto de Cataluña, que se han presentado ante el TC, obtengan sentencias que protejan más los intereses del partido que nombró a los miembros de ese órgano, que los de España.
Respecto a la crisis económica, conviene valorar si Solbes tiene credibilidad suficiente para ingeniar y acometer las reformas novedosas que exigen los complejos tiempos que vivimos. Hoy necesitamos un líder económico ágil y activo que tenga capacidad de convicción y valor para rentabilizar la desaceleración. Me refiero a alguien con un talento rápido que haga de la crisis una oportunidad para aplicar medidas estructurales que mejoren la competitividad en España.
Desafortunadamente el sosegado Solbes ha seguido un principio inválido en un mundo nada previsible: no toques lo que funciona. Ahora el mundo se rige por el principio opuesto: hay que tomar decisiones rápidas para anticiparse e innovar más y mejor que los países competidores. A este respecto, el informe El reto de la incertidumbre del Instituto de Estudios Económicos, aparecido en diciembre, apunta como principal conclusión que en nuestro país la política económica ha vivido de las rentas del pasado más que de sus aciertos inmediatos y también que las últimas medidas han ido en la línea contraria del estímulo positivo de nuestro tejido productivo. Este conservadurismo inmovilista de Solbes, unido a su poca capacidad de lucha para enfrentarse a las ocurrencias de cuantiosos gastos sociales de Pepiño Blanco y Jesús Caldera, no parecen las cualidades más apropiadas para enfrentarse a un escenario de cambios cada vez más rápidos e imprevisibles.
Solbes no se caracteriza por sus aptitudes estratégicas para dirigir la economía en tiempos de cambio, pero hay que reconocer que sí posee unas dotes escénicas magistrales, tal como lo demostró en el cruce de monólogos que vimos antes de ayer en televisión. Su modo solemne y contundente de realizar afirmaciones con una selección de datos que ni reflejaban la realidad, ni lo que es más importante, las tendencias, fue muy persuasivo. Supo centrarse en los aciertos, casi todos ellos consecuencia de las políticas del PP en las legislaturas anteriores, no entró en las pésimas cifras macroeconómicas recientes y soslayó la absoluta falta de confianza con que los españoles entrevemos el futuro. Por último, no olvide que mentir en las materias relevantes es la cualidad que hace menos creíble a un político. De ahí que el embuste de afirmar, tras el atentado de la T-4, que no se iba a negociar con los terroristas debiera ser tenido en cuenta si desea que no le vuelvan a engañar.