
En la anterior reflexión analizaba la procedencia o no de endeudarnos y la importante carga de la deuda pública y privada que tenemos para los próximos años. La situación no es de las más propicias, pero no podemos volver atrás. Tenemos que hacerle frente. El Gobierno deberá analizar el presupuesto cíclico, e investigar a fondo la diferencia entre el presupuesto efectivo y el estructural de estos años, para tomar medidas precisas que corrijan los desequilibrios. Por principio, siempre que aumenta el desempleo aumenta el déficit cíclico, porque se incrementan las prestaciones por desempleo y sociales, y al bajar la actividad económica disminuyen los ingresos fiscales del Estado. Para paliar la recesión económica, el Gobierno puede asumir políticas fiscales y/o de reducción del gastos, como piden algunos sectores. Si se reducen los gastos, ha de ser con contrapartida. De lo contrario, contribuiría a deprimir aún más la economía. El ahorro público por el ahorro, no sirve en época de crisis y con esto parece que se aprendió algo ya en los Estados Unidos, durante la crisis de 1929. Además, como decía Stiglitz en un artículo reciente: “El gasto, especialmente en inversión educativa, tecnológica e infraestructura, puede contribuir realmente a la reducción del déficit a largo plazo”.
Normalmente, cuando se critica el déficit, no se dice lisa y llanamente que se pide una reducción del gasto social, ni se especifica a qué partidas afectaría la tijera, cuántas personas podrían verse afectadas y quiénes son esas personas. Nadie puede discutir que, frente a la crisis, el gasto de las administraciones públicas y sus inversiones tienen un efecto multiplicador a corto, medio o largo plazo en el PIB. Para ello, han de dirigirse adecuadamente esos gastos e inversiones, en función de los problemas, y siempre que no varíen las condiciones financieras. Se trata de activar la economía sin perjudicar a los más débiles. Dicha activación puede inducir a los primeros brotes de inflación, que habrá que corregir mediante políticas monetarias, incrementando los tipos de interés o fiscales. España cedió su soberanía en política monetaria y tipo de cambio a la Unión Europea y los tipos de interés son competencia del Banco Central Europeo (BCE). Si sube el precio del dinero, disminuyen las inversiones y las exportaciones netas, pero estas cuestiones no afectan por igual a España o Alemania.
Los partidarios de reducir lo público a la mínima expresión, consideran malo el endeudamiento de las administraciones públicas españolas y la excesiva participación del Estado en la revitalización de la economía. Entienden que impide que se manifieste la vitalidad de lo privado, a la vez que el endeudamiento público ejerce un efecto-expulsión de las empresas en el mercado financiero, perjudicando a la inversión privada y al desarrollo de la economía. Ante esto, se puede decir que tras la crisis del 29, todos los países del mundo han realizado actuaciones parecidas contra la crisis y aplicado políticas keynesianas de incrementar el gasto para suplir la caída del consumo, y las obras públicas para revitalizar la economía y el empleo. Las administraciones públicas, para ejercer ese papel, tienen que endeudarse necesariamente, porque tampoco es época de bonanza para las recaudaciones.
En toda España se ha producido una saturación del mercado inmobiliario y le costará años recobrar el protagonismo económico y el empleo que tenía. Las correcciones es evidente que no pueden quedar en manos del mercado, al menos a corto plazo, y las administraciones públicas han de suplir ese papel incentivando la mano visible de la economía productiva. Al menos, hasta que el resto de sectores sean capaces de reabsorber los excedentes de empleo y su aportación al PIB. También habrá que realizar importantes esfuerzos para incrementar las exportaciones, pero eso es motivo de otro análisis.
Se dice que si no se tomaran medidas, el déficit de las administraciones públicas podría incrementar el precio del dinero en el área euro y expulsar del mercado financiero a las iniciativas privadas, incrementando la entrada de capital extranjero, provocando la revalorización del euro, reduciendo nuestra capacidad exportadora y haciendo que nuestros mercados se llenen de mercancías y productos de otros países. Eso no va suceder porque el Pacto de Estabilidad y Crecimiento está en marcha y el BCE toma cartas en el asunto permanentemente. Otra cosa es que en España fuimos a contra corriente los últimos años, cuando bajaron los tipos de interés y con ello nos crecieron los problemas de alto consumo interno y endeudamiento. Lo más probable es que, con la recuperación, crezca la inflación y el BCE decida subir los intereses. Esto también nos afectará porque estamos muy endeudados y podría retardar aún más nuestra recuperación y la convergencia. Es el problema de caminar contracorriente.
Concluyendo, se puede decir que la deuda pública en sí no es mala. Lo importante es su carga y nuestra capacidad de endeudamiento y reacción. En los próximos años será importante que los estabilizadores automáticos funcionen, sin tener que expulsar a la marginalidad a una parte de la población, y que contemos con instrumentos suficientes para atender aquellas cuestiones a las que no alcanzan dichos estabilizadores, como las políticas fiscales anticíclicas, imprescindibles siempre que se observe con precisión el presupuesto efectivo y el estructural del país, y se establezcan las adecuadas medidas correctoras. Para que no se dispare la deuda, el BCE ya nos vigila y fija el marco de actuación para el 2013, haciendo cumplir el Pacto de Estabilidad. Con las mimbres que nos quedan habrá que reducir algunos gastos, subir algunos impuestos, sobre todo a medio y largo plazo, o reducir momentáneamente las inversiones, porque las exportaciones no nos salvan. Habrá que tener en cuenta también un componente menos tangible: el psicológico interno, para lo que se va necesitar liderazgos fuertes y menos catastrofistas, aunque se pierdan votos en el intento.
Estamos mal, pero tenemos la oportunidad y la ocasión de hacerlo bien. Momentos más difíciles hemos vivido en muchos episodios de nuestra historia, y hemos sabido salir adelante. El ejemplo lo tenemos en Chile. Los chilenos dicen estar acostumbrados a los terremotos periódicos y manifiestan que la lucha por las sucesivas reconstrucciones les ha servido para ir modernizando periódicamente el país. Su presidente Piñeira decía en su reciente toma de posesión que la tragedia, lejos de debilitarles, les fortalecerá. Tomemos ejemplo.
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