Hoy la inexorable globalización exige unas las reglas para competir que resultan similares para todos los países. Es justamente la universalidad del modelo la causante de ese deslizamiento del voto hacia la moderación. Competir como país implica políticas de centro-derecha: gasto público reducido, bajos impuestos de la renta y societarios, menos Estado Providencia y más participación ciudadana en los costes de los servicios públicos, flexibilidad laboral, un sistema de protección del empleo al estilo danés (en lugar de un subsidio al desempleo que desincentiva la vuelta al trabajo), menos intervencionismo estatal, mayor libertad económica, etcétera.
Si los votantes se decantan por el centro-derecha es por su decepción ante promesas electorales tan pródigas como engañosas. Los franceses han sido menos crédulos en los Reyes Magos que les ofrece la izquierda y más pragmáticos al asumir el esfuerzo que les solicita Sarkozy. Hoy los planteamientos electorales de Ségolène Royal de prometer más bienestar, sin exigir los correspondientes sacrificios, son menos creíbles para unos franceses que están ya de vuelta de políticas tan contentadizas como ineficaces. Fue patético como en el debate televisivo Royal se quedó cortada ante la pregunta de Sarkozy sobre cómo iba a financiar su rumboso programa electoral.
Se observa que a medida que el Estado Providencia ha avanzado en Francia la economía se ha deteriorado y los franceses, al igual que lo hicieron los alemanes, optan cada vez más por el realismo de contribuir a la sostenibilidad económica, que por la quimera de la protección total. El sentido común galo y el alemán son conscientes de que si la tarta se hace cada vez más pequeña, en el reparto les tocará un menor pedazo.
Francia y España son naciones que comparten bastante más que lo que se les atribuye. Así, sus dos grandes partidos responden a unos mismos esquemas. No en vano a Ségolène Royal le denominan ‘la Zapatera’ por su identificación con nuestro presidente. También los modelos de Estado Providencia galo y español son similares. Estos patrones políticos y estatales compartidos validan la utilidad de la lección que nos han dado los franceses.
Compromiso y coherencia
De un lado debiéramos aprender que más vale prevenir que curar, y que es mejor adelantar nuestro apoyo a políticas competitivas que exigen ahora un esfuerzo asumible, que esperar a que haya que hacerlo por supervivencia (lo desarrollé en estas páginas el pasado 28 de abril). De otro lado, nuestros políticos debieran inspirarse en Sarkozy y confiar más en su sinceridad para decir lo que conviene al país, aunque duela, que en las seductoras técnicas del marketing electoral. Los líderes españoles debieran darse cuenta que el compromiso con la verdad, cuando va a acompañado de la autenticidad y la coherencia personales, es más rentable electoralmente que ocultar la realidad para agradar a los votantes.
Otra lección una participación que supera el 85% (el segundo récord en la historia gala). Si han ido los franceses a votar en masa es porque a los electores les preocupa la marcha de su nación y porque a su vez están identificados con unos políticos a los que admiran. En esta línea quiero concluir destacando la idea del integrador discurso de Sarkozy, tras proclamarse su victoria electoral, que como español más envidia me causa. Dijo: voy a devolver a los franceses el orgullo de ser franceses. Duele que en España no haya el mismo patriotismo, ni semejante amor a la nación en nuestros líderes. Esa es una de las causas por las que somos peores ciudadanos. Como dice el Cantar del Mío Cid: qué buen vasallo si tuviera un gran señor.