Expansión, 2 de octubre de 2004
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
La deliberación sobre el ingreso de Turquía cuestiona el concepto de la UE. La seguridad de Occidente y una Europa políticamente fuerte son materias difíciles de conciliar.
La deliberación sobre el ingreso de Turquía cuestiona el concepto de la UE. La seguridad de Occidente y una Europa políticamente fuerte son materias difíciles de conciliar.

La admisión de Turquía a la UE es la más difícil de todas las habidas hasta ahora. Está en juego algo más que la entrada del pobre y populoso país. Es el propio concepto de Europa lo que se debate. Las opiniones están divididas entre quienes conciben a Europa como un espacio económico y los que aspiran a una unidad política.

No hay que olvidar que el inminente referéndum de la Constitución influye en la decisión de los gobiernos europeos. Es indudable que la determinación que se tome sobre el ingreso de un país musulmán afectará al sentido del voto. Un apoyo insuficiente en el plebiscito es un riesgo que la frágil Unión Europea no puede correr. También el terrorismo islámico introduce un factor emocional sobre los fríos argumentos de la razón: el miedo a que Turquía sufra una involución de su cultura islámica que se extienda al resto de musulmanes de la UE.

Irán es un triste precedente de un intento de occidentalización fracasado. Recuérdese que en 1979 Jomeini y su clero síi, crispados por el avance de la secularización, lograron imponer su fundamentalismo religioso. Aunque el primer ministro turco Erdogán es líder de un partido islámico moderado, si el bienestar europeo no llega pronto a Turquía, existe el riesgo de que los islamistas radicales desestabilicen el país y lo conviertan en una república teocrática. Es clave que el ejército turco siga siendo fuerte y leal al gobierno legítimo para que Turquía progrese en su modernización. Probablemente el mayor error de los EEUU en la guerra de Irak fue disolver el ejército. Mal que nos pese, y aunque parezca un contrasentido, sin un poder militar fuerte y sensato es difícil conseguir la democracia en una nación musulmana.

Turquía es una buena piedra de toque para decidirnos acerca de lo que queremos que sea Europa. Imaginemos que Europa debe ser una unión política que conlleve a reconocernos ciudadanos que compartimos una nacionalidad. En este caso la Constitución europea debería haber recogido una mención de las raíces cristianas. Desde esta nota distintiva se explicarían mejor nuestras diferencias con Estados Unidos, el mundo musulmán, el lejano oriente, África central, etc. La mejor razón para tener identidad es asumir nuestra cultura y nuestra historia. Ante quienes invoquen que los musulmanes estuvieron setecientos años en Europa y que los turcos llegaron hasta Viena, conviene indicar que nunca como entonces Europa tuvo la convicción de pertenecer a una misma entidad cultural.
Quizás es un error el que el texto constitucional sea tan ‘políticamente correcto’. Cuando hacemos uso de la ambigüedad y el relativismo para alcanzar el consenso en el documento que proclama qué es Europa, estamos perdidos. El compromiso servirá tan solo para lograr un coto exclusivo de privilegios económicos, pero no para forjar una gran nación europea. La paradoja es que muchos de los que evitaron la mención cristiana en el texto constitucional son los que ahora se incomodan por la previsible incorporación turca. Tal vez no advirtieron que en el texto constitucional estaba la llave para controlar el acceso a la UE.

Los turcos han accedido a todas las demandas democráticas solicitadas por la UE, cesión que para un régimen pro-musulmán tiene un gran mérito. Incluso han conseguido que Grecia, su tradicional adversario, con el que además tiene el contencioso de Chipre, no se oponga. Lo probable es que este esfuerzo consiga la admisión de Turquía. Además la medianía de los políticos que rigen Europa facilitará el proceso. Nadie, ni tan siquiera los gobernantes que no la ven conveniente, está dispuesto a enfrentarse con fuerza. Lo peor del ingreso de Turquía es que llega en un momento de penuria económica. Probablemente sería mejor esperar a que Europa ‘digiera’ la reciente ampliación de tanto país pobre.

El principal motivo para acceder a la entrada turca es la seguridad de Occidente. Este país puede contribuir a serenar una de las zonas más conflictivas del mundo y a frenar el avance de los radicalismos islamistas. Además, la tranquilidad en la zona favorecería la estabilidad en los precios del petróleo. Desde el punto de vista turco el camino europeo constituye la mejor oportunidad para su futuro frente a la otra opción posible: formar con Rusia una Comunidad Económica Euroasiática.

La entrada de Turquía implicará un refuerzo del carácter de área de libre comercio en detrimento de una unión política, algo que no nos gusta a los que deseamos una Europa poderosa. Conseguir que la diferente Turquía sepa integrarse en la gran nación europea es un desafío tan difícil como necesario para la buena marcha de la UE.