Expansión, 8 de noviembre de 2003
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
La escuela y la familia pueden inculcar un nacionalismo radical, aún sin pretenderlo, cuando la educación ciudadana de los niños la ejercen con demasiado sentimiento y escasa prudencia.
La escuela y la familia pueden inculcar un nacionalismo radical, aún sin pretenderlo, cuando la educación ciudadana de los niños la ejercen con demasiado sentimiento y escasa prudencia.

Confieso que hasta este agosto creía comprender bien la esencia del nacionalismo; no en vano he vivido los diez primeros años de mi vida profesional en una ciudad donde este movimiento político es notable. Una larga y profunda conversación con un nacionalista que hacía la misma ruta montañera, me permitió descubrir los motivos por los que el nacionalismo puede fascinar con tanta fuerza a algunas personas.

Este excursionista no tenía nada que ver con la imagen del agitador que nos llega desde la televisión: tenía un doctorado en un área científica por una prestigiosa universidad. A lo largo de toda la marcha intentó persuadirme de la bondad de su ideología política, hasta que hubo un momento en que su talante sereno se volvió crispado: no quiso admitir la evidencia de que la región donde estábamos y España habían compartido siglos de convivencia con una vocación común como nación. Aunque argumenté que la historia no condiciona hasta el punto de impedir cambiar el destino de un pueblo, no hubo manera. Mi compañero de camino fue abandonando la supuesta racionalidad con la que habíamos iniciado la ascensión y acabó invocando una cabalgata de los agravios insostenibles del ‘imperialismo español’ que había recibido su pueblo a lo largo de los últimos quinientos años. Me percaté que era inútil razonar: detrás de la vehemencia de mi interlocutor había dogmas intocables y una encendida pasión por la causa. ¿De donde procedía esa rigidez de unas ideas que chocaban con su actitud universitaria?

Negar la evidencia

Esta combinación de creencia y emoción pueden explicar la lealtad y la diligencia del comportamiento nacionalista. Lo que no resulta tan comprensible es cómo puede haber prendido hasta el punto de mostrarse ciego ante hechos históricos incuestionables. El famoso dicho de Pascal “hay razones del corazón que la cabeza no entiende” aclara el sentimentalismo que muestra el nacionalismo, pero no la fuerza con la que ha arraigado en algunas personas. Tras la discusión con el montañero descubrí una de las claves que explica el comportamiento nacionalista: la siembra de esta doctrina suele hacerse en la niñez. La educación temprana que sobre el niño ejercen la familia y la escuela puede conseguir una transmisión tan honda de las convicciones nacionalistas, que más tarde resulta difícil desarraigar. La psicología educativa explica que en el período de las operaciones concretas, el ser humano se muestra especialmente sensible en la adquisición de convicciones que pueden durar toda una vida. Si, además, a esa etapa sucede una adolescencia llena de emotividad activa hacia el propio país, lo probable es que a los 18 años tengamos un convencido votante nacionalista. Si bien es verdad que algún texto escolar de historia autonómica recuerda la asignatura del antiguo bachillerato ‘Formación del Espíritu Nacional’, no creo que los libros sean los causantes, sino el ardor con el que los educadores transmiten aquello que viven y, quizá sin pretenderlo, inculcan. No pienso que los profesores son unos desaprensivos que deliberadamente adoctrinan a los niños para infundirles el nacionalismo radical, alguno habrá, pero no es lo frecuente. El desarrollo del nacionalismo se enmarca dentro de una cultura sensible por lo próximo, enormemente simpática. La música, la danza, las romerías populares, los deportes regionales y el cultivo de la lengua autóctona estimulan el amor hacia nuestras raíces que cautiva a los más jóvenes. La barbaridad surge cuando todas esas manifestaciones, buenas de por sí, se ponen al servicio de una doctrina política. Es patético ver como partidos nacionales, cuyo patrimonio más valioso es su visión de Estado apuntan, por puro electoralismo a esta tendencia que contradice sus principios.

Religión civil

Cuando el nacionalismo abandona un prudente equilibrio con otras ideologías políticas y se transforma en una religión civil se corre el riesgo de que pueda ser incontrolable y genere violencia primero, y pobreza después. Otro argumento para introducir mesura en la educación ciudadana de los escolares es la protección de nuestra libertad. Donde el nacionalismo se extralimita escasea este don preciado. Debieran ser los propios militantes los más interesados en moderar el nacionalismo; de otro modo serán también los más perjudicados si éste se radicalizara. Por último añadir que no estoy de acuerdo con lo que escribió Stefan Zweig en los años treinta: “Hemos recorrido de cabo a rabo todas las calamidades imaginables… Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolcheviquismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea” (extraído de ‘El mundo de ayer’). Considero que hay epidemias mucho peores. Además hay elementos del nacionalismo que yo asumo, en la línea del ‘amor a la tierruca’ del montañés Pereda. La potenciación de la propia cultura, cuando es respetuosa con las demás, enriquece la diversidad y hace al mundo más familiar y humano.

Institución Futuro
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