Expansión, 13 de marzo de 2004
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
El pacto entre un partido cuasi-mayoritario y un pequeño partido, cuando exige conciliar lo contradictorio, convierte al partido grande en rehén del chico.
El pacto entre un partido cuasi-mayoritario y un pequeño partido, cuando exige conciliar lo contradictorio, convierte al partido grande en rehén del chico.

Este martes, mi buen amigo Miguel Ángel Belloso elogiaba en estas páginas las ventajas de una mayoría absoluta en el Parlamento a partir de la realidad concreta del país. Su artículo detallaba los aciertos que el ejercicio de esa mayoría ha tenido en los últimos años, y criticaba el no haberla hecho valer en materias tan necesarias como la reforma del mercado laboral y el sistema de pensiones. En una jornada como la de hoy, de ‘reflexión’, mi artículo pretende ser complementario y contemplar razones más abstractas: aquellas que nos ayuden a dilucidar cuándo es conveniente que un gobierno ostente el poder en exclusiva o, por el contrario, es mejor el pacto con otra formación.
A mí siempre me pareció que hubiera sido mejor que España se dotara de un sistema que favoreciese un bipartidismo, al estilo de Estados Unidos o el Reino Unido. La inestabilidad de un país con muchos pequeños partidos, como España o Italia, es manifiesta. Quizás los partidos mayoritarios debieran ponerse de acuerdo para modificar la Ley Electoral y aumentar el porcentaje de votos nacionales para obtener escaño.
Consideremos la hipótesis de que hay dos partidos políticos con posibilidad de mayoría y que, para alcanzarla, necesitan el puñado de escaños de un pequeño partido. Supongamos además que ambas formaciones son moderadas al tener vocación de gobernar para la mayoría. Conviene recordar que el mejor indicador para predecir con quién se debe pactar no es el programa, sino el comportamiento mantenido en el pasado. Si la historia del partido pequeño se ha caracterizado por unas actuaciones prudentes y su programa se aproxima al partido cuasimayoritario, lo probable es que el pacto sea beneficioso. Si ambos partidos son leales a su compromiso, el país saldrá ganando al gozar de la deseada estabilidad hasta el final de la legislatura.
Imaginemos que el pequeño partido es de tendencia extrema. En este caso la presencia del partido ‘bisagra’ en el gobierno puede desnaturalizar la política prudente que presidía los dos partidos grandes. Tenemos varias experiencias en España que muestran cómo la ambición del poder ha llevado a conciliar lo contradictorio, con la consiguiente ineficacia de las actuaciones. La búsqueda del pacto a cualquier precio es una influencia niveladora que impide una actuación distintiva. Es frecuente que de dos propuestas de programa razonables se pase a una componenda que recoja de un modo incoherente elementos que, aunque pudieran haber sido válidos en cada una de las opciones, resultan incompatibles si van juntos. Al final la mezcolanza es peor que cualquiera de las alternativas aisladas. Para que un gobierno pueda mejorar un país tiene que tener pocas y claras prioridades. Satisfacer las exigencias de un partido que busca contentar a unos pocos tiene el inconveniente de que las prioridades se multiplican, y esa fragmentación de la acción del gobierno obliga a repartir los esfuerzos entre demasiados objetivos; al final los resultados obtenidos son mediocres.
España necesita estabilidad
Cuando un partido cuasi-mayoritario pacta con uno radical, el partido centrado se hace rehén del extremo y conforme se acercan las siguientes elecciones le somete a un chantaje vil, que a veces acaba rompiendo el gobierno por la necesidad de desmarcarse antes de los inminentes comicios. En esas circunstancias los que salen perdiendo son el conjunto de los ciudadanos, quienes se sienten traicionados tanto por las actuaciones sectarias del ejecutivo, como por el hecho de que un partido que repudian tenga un peso desproporcionado a los votos que obtuvo en las urnas. Además, esos pequeños partidos buscan la notoriedad de los grandes, motivo que les impulsa a una política de gestos y caprichos insufrible. El agravio hacia los electores es mayor si la posibilidad de esa alianza no se expuso con claridad en el programa; de haberse sabido, probablemente muchos no les habrían votado. A este respecto, conviene recordar que los partidos no son dueños de los votos, sino simples administradores; por consiguiente, no pueden hacer con ellos las alianzas que quieran.
La responsabilidad de gobierno es muy distinta si se goza del respaldo de una buena parte del electorado que si se juega permanente al oportunismo para contentar a una minoría siempre insatisfecha. La estabilidad de un ejecutivo y la moderación (gobernar para la inmensa mayoría de los ciudadanos), son condiciones previas para la prosperidad. Cuando la política introduce crispación en la vida de las personas, se pierde la confianza en el sistema y el aumento del riesgo por causas ajenas al proceso productivo frena el desarrollo económico. El momento que estamos viviendo no está para aventuras: ya hay demasiada incertidumbre en Europa y en el mundo. España necesita estabilidad tanto para mantener su bienestar como para aportar equilibrio a la comunidad internacional. Por último, la masacre de Madrid me obliga a añadir un comentario final. Es capital que todos vayamos a votar y que tengamos en cuenta qué partido puede hacer más para eliminar el terrorismo. Si no lo quiere hacer por solidaridad, hágalo por su propio interés: ahora todos somos su objetivo.

Institución Futuro
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