Expansión, 30 de agosto de 2003
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
La ética del gobierno suizo, tan comprensiva con los extranjeros acosados por Hacienda, tiene reparos para permitirles suicidarse. Si es algo bueno para los suizos, ¿por qué no lo es para los forasteros?
La ética del gobierno suizo, tan comprensiva con los extranjeros acosados por Hacienda, tiene reparos para permitirles suicidarse. Si es algo bueno para los suizos, ¿por qué no lo es para los forasteros?

En el último trienio ha aumentado hasta tal punto el número de enfermos extranjeros que acuden a Suiza a que se les quite la vida, que las autoridades helvéticas están estudiando prohibirlo.

La práctica de la eutanasia es una actividad muy lucrativa tanto para los ‘mataderos’, funerarias, bufetes de abogados y hoteles suizos, como para la seguridad social de los países de procedencia. Así como curar enfermos exige una terapia difícil y costosa, la técnica para mandar a un ‘desencantado’ a la otra vida, esté sano o enfermo, es un negocio fácil y rentable, en el que además los clientes nunca reclaman.

En la tarifa más barata es suficiente una buena bolsa de plástico y una persona fornida. ¿Pueden suicidarse los sanos?. Uno de los desencadenantes de la alarma generada son los casos recientes de personas relativamente sanas que han conseguido que les provoquen la muerte. Tal es el caso de Ernst-Karl Aschmoneit, un alemán enfermo de Parkinson, que podía caminar perfectamente y con sus capacidades mentales en perfecto estado. La cuestión es determinar cuando una persona está “relativamente sana” y quién debe realizar dicho dictamen.

Para la Organización Mundial de la Salud, la OMS, “La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no sólo la ausencia de enfermedad o dolencia”. Según esta definición las personas que están ‘cansadas de la vida’ pueden considerarse también enfermos. Naturalmente, un peligro potencial de la eutanasia es que los enfermos tomen la decisión de forma inducida.

Quiero dejar bien claro de un lado, que no soy partidario del ensañamiento terapéutico y que defiendo el derecho del enfermo terminal a elegir no ser tratado. De otro lado, respeto la libertad del enfermo a recibir medicación para mantenerse vivo, por mucho que le cueste a la seguridad social. La moderación del gasto sanitario debe incidir en las prestaciones en las que la vida no está en juego. En los casos de personas que sufren depresiones, han alcanzado una determinada edad, o simplemente desean terminar con su vida, opino que los recursos deberían dedicarse a ayudarles a superar los episodios de crisis.

El problema es que cuando se abre la espita que deja fluir la muerte corremos el riesgo de que luego no haya manera de controlarla. Es como jugar con material radiactivo; sin pretenderlo podemos hacer masa crítica, y el resultado es una bomba atómica imparable.

Debemos de tener muy presente que la concesión por motivos ‘caritativos’ de una eutanasia ‘reducida’, puede llevarnos un día a que nos asesinen invocando los mismos pretextos ‘humanitarios’: “no sea egoísta, usted ya no produce; comprenda que es más rentable dedicar el presupuesto público a otros pacientes menos gravosos”.

Conocí a una anciana flamenca que vivía con una gran ansiedad: el que algún día tuviera algún percance por el que llegara inconsciente al hospital. Ella temía que allí se considerase que ya había vivido suficiente y dictaminaran ‘interrumpirle’ la vida. Me aseguró que eso lo habían hecho con una amiga suya, y que por este motivo llevaba un colgante en su cuello con la inscripción: I don’t want euthanasia.

Soledad

Según me explicó un oncólogo el motivo más frecuente para querer quitarse la vida, no suele ser el dolor, sino el carecer de personas que te quieran, y a las que les importes. Un claro ejemplo es el de la escritora Alison Davis, que sufría enfisema, osteoporosis y tenía espina bífida.

Confinada a una silla de ruedas y con fuertes dolores diarios, su idea de terminar con su vida cambió cuando visitó en la India a niños discapacitados, con enfermedades incurables. Decidió fundar un centro de caridad para ayudarles.

La capacidad de estos niños de dar y recibir afecto fue lo que le llevó a cambiar la mentalidad. Alison descubrió que la atención y el cariño es mejor alternativa que una sobredosis letal. Concluiré narrándoles una experiencia que he vivido este verano.

Durante unos días he compartido alojamiento hotelero con un cura tetrapléjico quien, con una alegría contagiosa, irradiaba ganas de vivir. Descubrí que, además de recibir el amor y la asistencia de su familia, tenía una razón más para ser dichoso: la misión que se había impuesto de hacer felices a otros discapacitados a través de su página web (www.muertedigna.org). Confieso que su ejemplo me ha hecho reflexionar.

Institución Futuro
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