Según la Organización para la Alimentación y la Agricultura de Naciones Unidas (FAO), cada día mueren en el mundo 100.000 personas a causa del hambre. Cada siete segundos, muere un niño menor de diez años por efectos directos o indirectos del hambre. Según un informe de la FAO, la comunidad internacional no está logrando su objetivo de reducir a la mitad el hambre mundial para el año 2015, aunque se ha reducido el número absoluto de personas hambrientas en el mundo. El dato, además de trágico, es escandaloso si consideramos que hoy en día existe capacidad tecnológica para alimentar al doble de la población mundial. Esta es la visión de Jean Ziegler, sociólogo, político suizo y relator especial de la ONU sobre el Derecho a la Alimentación, que denuncia la distribución injusta de la riqueza en el mundo y responsabiliza de esta situación a los intereses económicos y políticos de las grandes potencias, que “pueden serlo a base de dejar en la miseria a tantos millones de seres humanos”. Para Jean Ziegler, la globalización, la ejecución de Programas de Ajuste Estructural (PAE), y los principios neoliberales sobre los que se basan han aumentado las desigualdades sociales y han excluido a muchos de los hogares más pobres del acceso a necesidades básicas como la alimentación. Si bien es cierto que las recetas liberales han llevado al desarrollo de muchos países, hay que considerar que estas medidas pueden tener efectos perversos para la resolución del hambre extremo en el mundo.
Aplicar este tipo de medidas de manera homogénea sin considerar las condiciones específicas de los países donde son aplicadas hace que sus efectos estén disminuyendo las posibilidades productivas de estos países, en vez de incentivarlas. Lo más triste es que tampoco parece ser una cuestión prioritaria en la agenda de las superpotencias.