Sobre la evolución del mundo y el horizonte de 2050 se reflexiona en el último número de la Revista de Antiguos Alumnos del IESE. En La era de las nuevas potencias económicas, los autores afirman que debemos aceptar la idea de que en esa fecha, el Atlántico y la cultura occidental no serán ya el centro del mundo. En Oriente emergen grandes potencias, como China e India, cuyo destino será decisivo en la evolución del resto del planeta. Ante este hecho ineluctable, el consejo es que debemos estrechar los lazos con esos países y ayudarles a que su fuerte desarrollo sea equilibrado, pues así contribuiremos a nuestra propia estabilidad. No son pocas las dificultades que todavía han de superar. Más allá de las espectaculares cifras de crecimiento del PIB, China tiene que cerrar la brecha entre ricos y pobres, prepararse ante el envejecimiento de la población y aceptar que deja de ser una nación receptora de capital para convertirse también en una inversora en otros territorios. Su estructura económica arrastra problemas como la fragilidad del sistema bancario, y la extraña combinación de libertad económica y autoritarismo político produce numerosas desigualdades.
Si las bolsas de pobreza preocupan en China, el asunto no es menos grave en la India. Pese a que crece la renta per capita, todavía hablamos de un país pobre, en el que los recursos no llegan a todos. No obstante, las previsiones son optimistas porque teniendo en cuenta sus limitaciones, la India es un país democrático, con instituciones sólidas. Esta surgiendo una gran clase media, a la que se presume un enorme potencial económico. Para lograr el cambio definitivo, precisa invertir en infraestructuras, mejorar la calidad de la educación primaria y establecer un mayor equilibrio entre sectores productivos. Por ahora, la debilidad del sector manufacturero dificulta la transición de una economía agraria a una de servicios.