Expansión, 18 de diciembre de 2004
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
El ‘informe Pisa’ ha suspendido a España. Jacques Delors decía que la valía de un país se mide por la calidad de su enseñanza secundaria.
El ‘informe Pisa’ ha suspendido a España. Jacques Delors decía que la valía de un país se mide por la calidad de su enseñanza secundaria. Tener futuro como país precisa superar la demagogia igualitaria impuesta por la Logse.

La manipulación política de la educación es un hecho incuestionable. Cuando cada partido llega al poder, en lugar de optimizar las leyes educativas que encuentra, intenta un cambio radical. Esta falta de continuidad del sistema educativo introduce una confusión que perjudica el aprendizaje. Hacer de la educación una herramienta electoralista es un atropello intolerable a unos niños y adolescentes que no pueden defenderse.

Cuando el PSOE decretó el éxito escolar obligatorio (los alumnos pasan de curso al margen de su rendimiento) logró contentar a los padres de familia que no hacían carrera con sus hijos, pero perjudicó la cultura del esfuerzo que requiere el desarrollo cognitivo.

El informe Pisa ha puesto en evidencia que los alumnos mejores se pierdan dentro de la mediocridad.

Este mal resultado es en parte atribuible a la Logse, ley que estableció que todos somos igual de inteligentes. Es un hecho probado que el mejor rendimiento se consigue cuando la enseñanza se acomoda a las capacidades y actitudes de los estudiantes. Homogeneizar la diversidad perjudica tanto a los talentos precoces –cuya inadaptación al ritmo normal de aprendizaje debe atenderse–, como a los menos dotados –quienes obtienen un menor desarrollo que el que hubieran conseguido con unos profesores especializados–.

El carril escolar único ha hecho que muchos alumnos, que deseaban una formación profesional breve, fueran obligados a estar en la misma aula que los que preferían estudios académicos. Su consecuencia ha sido una mala convivencia en las aulas y una desmotivación generalizada. Citaré algunas quejas que reflejan la frustración de los docentes, principalmente de centros públicos. “Se ha infantilizado la enseñanza primaria, lo que aboca al fracaso en la secundaria”. “Los alumnos no admiten la disciplina y exigen que las clases sean lúdicas; en ese ambiente no se puede aprender”.

“Las leyes permiten que los alumnos puedan intimidar a los profesores, mientras que las depresiones de los profesores causadas por alumnos agresivos no tienen castigo significativo”. “Los alumnos no ven sentido al estudio; prefieren un trabajo basura que les financie de modo inmediato”. “Lo quieren todo ¡ya!, no apuestan por el largo plazo ni están dispuestos al sacrificio para aprender”. “Si las familias no les educan, la voluntad y la responsabilidad en casa, poco puede hacer el profesor en el colegio”. “Los padres son cada vez más proclives a defender a sus hijos que a colaborar con los profesores”. “Sueño con jubilarme pronto o me volverán un violento enfermo mental”.

La situación de las familias es muy variada. Las hay de las que viven bajo la violencia de sus hijos; otras que creen que el estudio no es importante; y, por último, aquellas que están angustiadas al comprobar que la escuela que pueden pagar no desarrolla las potencialidades de sus hijos. Estas últimas suelen hacer grandes sacrificios para llevar a sus hijos a un centro de prestigio. La familia tiene una cierta responsabilidad del fracaso de la escuela cuando no ejerce su autoridad para que su hijo la aproveche. Consentir que el “me apetece” del niño prime sobre lo que le conviene a edades tempranas conduce a verse sometido más tarde a la tiranía del adolescente.

Recomendaciones
El estudio de lo que hacen los países con mejor educación sugiere algunas recomendaciones. Todas las administraciones y partidos políticos deberían ponerse de acuerdo para establecer una pruebas de evaluación nacionales que midieran el rendimiento de cada alumno tras la enseñanza primaria, tras el primero y segundo ciclos de la ESO (Enseñanza Secundaria Obligatoria), y tras el bachillerato.

Quizás esta medida debería comenzar por ser voluntaria y sin consecuencias académicas; estoy convencido de que, con el tiempo, los padres valorarían y prestigiarían unas pruebas que permitirían conocer el avance de sus hijos, y orientarlos en la elección de los estudios. Conviene hacer público un ranking de los centros escolares en el que se mida el progreso relativo alcanzado por el conjunto de los alumnos en cada etapa académica. Deben existir itinerarios diferenciados en el segundo ciclo de la ESO, a fin de facilitar el máximo desarrollo a todos.

Los profesores tienen que tener mayor protección legal ante la violencia psíquica de los escolares. Los alumnos más agresivos, aquellos que no permiten que se pueda aprender en la clase, deben ser matriculados en centros que dispongan de los especialistas adecuados. Competir por obtener unos resultados escolares no tiene por qué causar tramas si se sabe aceptar y ver en ello una preparación para la vida. Favorecer la formación de elites es lo que asegura el progreso en libertad de la sociedad.

Institución Futuro
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