Una de las mayores amenazas a nuestro bienestar es que en nuestra jubilación los recursos públicos sean escasos. No importa que haya cotizado mucho. Lo probable es que el Estado tan sólo pueda sufragar una asistencia básica para todos. La irresponsabilidad de una buena parte de los gobernantes está llevando a conceder más beneficios sociales que los que permite la caja. Parece que lo único que cuenta es complacer el corto plazo: el que hay hasta las próximas elecciones. Luego, el que venga detrás que arree.
Afortunadamente todavía estamos a tiempo de prevenir el desastre.
Pero para eso, de una vez por todas, nuestros políticos tienen que emprender medidas a largo plazo y ponerse de acuerdo con la oposición para lo importante y definitivo. Duele que en materias como el copago sanitario, al que ya me referí en EXPANSIÓN el 7 de junio de 2003, Zapatero cambie la postura que anunció en el Colegio de Economistas de Madrid para que su célebre talante no se erosione. Europa no podrá competir con Estados Unidos y los `tigres’ y ‘dragones’ asiáticos, India, Japón mientras trabajemos menos horas que ellos y con un gasto público elevado que encarece la mano de obra. Hoy me voy a referir al ahorro que conllevaría la reducción de algunos gastos burocráticos en la esfera internacional.
Austeridad
Los gobiernos europeos deberían ponerse de acuerdo para introducir una mayor austeridad en la propia organización de la UE. Lo primero es el dispendio que supone que el Parlamento Europeo tenga dos sedes: una en Bruselas y otra en Estrasburgo. El eurodiputado inglés Roy Perry presentó una propuesta en la anterior legislatura para que los jefes de Gobierno fijaran como único emplazamiento Bruselas. Reproduzco algunos datos que dio en su demanda. El edificio de Estrasburgo costó 420 millones de euros. Su alquiler era 21 millones de euros. El coste de los traslados entre las dos ciudades era de 140 millones de euros. Las horas perdidas en los tránsitos por los europarlamentarios y funcionarios, incalculables.
El Parlamento se reúne en la capital alsaciana menos de 60 días al año. Paralelamente, el mantenimiento del Parlamento en Bruselas costaba más de mil millones de euros. Perry no consiguió que su demanda prosperara. Nadie fue capaz de meter en cintura a la grandeur francesa. ¿No es más lógico que el Parlamento trabaje en la misma ciudad en que trabaja el Ejecutivo?
Un gasto inútil que la Eurocámara podría evitar es aquel en el que incurren algunos parlamentos autonómicos españoles al legislar en materias para las que es más conveniente hacerlo exclusivamente a nivel comunitario. Recuerdo como los socialistas navarros llevaron al Parlamento Foral una ley sobre el síndrome de las ‘vacas locas’ que consumió muchas jornadas de sesudo trabajo. Esa Ley Foral era tan exigente que a punto estuvo de cargarse el sector ganadero navarro. Meses más tarde el Parlamento Europeo presentó una directiva de obligado cumplimiento que hizo que la jurisprudencia navarra no fuera aplicable. ¡Qué pena de esfuerzo y gasto inútiles!
La representación diplomática y consular es otro campo de posible ahorro. Creo que se deberían disminuir las cancillerías que los países de la UE tienen en los demás estados miembros. De un lado, son menos los servicios que demandamos del resto de países europeos por la libre circulación de personas y mercancías. De otro, muchas de los servicios de esas representaciones deberían desaparecer por tener cada vez menos justificación: ¿No pertenecemos a una misma unidad política? Otro derroche se refiere a las representaciones de los países europeos de la UE en otros lugares del mundo. ¿Por qué los socios de la UE no comparten consulados y embajadas en todos los países en que la representación nacional no sea imprescindible? Un embajador de toda Europa tendría mayor autoridad que el de un único país. Además, todos los europeos tendríamos mejor servicio.
Sin duda hay demasiadas vanidades nacionales que impedirán esta concentración diplomática. El problema es que tanto orgullo nos hace más pobres y más débiles.
Otro desperdicio es el gasto de las delegaciones de los gobiernos autonómicos españoles en Bruselas. No me consuela el que también las haya de regiones de otros países. Algunas, además, son un exponente del nacionalismo de la comunidad de procedencia que acentúa su carácter regional diferenciado, aunque sean una sangría económica. Puestos a facilitar gestiones en los organismos europeos, ¿no resultaría más conveniente una representación única de toda España con un mayor potencial de servicios, que fuera la que sirviera al conjunto de las autonomías? Puestos a hablar de derroches autonómicos en legaciones convendría recordar otras ’embajadas’: las que la mayoría de las comunidades autónomas tienen en Madrid, a cada cual más pomposa.