Expansión, 28 de junio de 2004
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
La sociedad civil debe articularse para reaccionar ante la dictadura de unos partidos políticos que sirven, sobre todo, a sus intereses.
La sociedad civil debe articularse para reaccionar ante la dictadura de unos partidos políticos que sirven, sobre todo, a sus intereses.
Vaya por delante que tengo una gran estima por algunos de nuestros servidores públicos, ésos que de verdad se han sacrificado por el bien común. Hoy deseo referirme a los otros, a esos individuos que denigran la vida pública. Estarán conmigo en que suena a insulto el que se diga de alguien que es un ‘político’, o que se identifique como chapuza a una actuación en que la política se ha entrometido innecesariamente. Resulta también despectiva la calificación “profesional de la política”, atributo que equivale a estimar que el aludido no es profesional de actividad alguna o, mejor dicho, que lo es en la supervivencia de mantenerse en la poltrona.

En ambientes cultos es difícil encontrar a admiradores de los políticos. En entornos sencillos, cada vez hay una mayor frustración hacia la política por tanta confianza defraudada. El rencor que generan las actitudes de unos y otros lleva a que el sentido de nuestro voto atienda más a castigar al que nos incomoda que a premiar al que consideramos más idóneo.

La política atrae cada vez más a una minoría menguante e interesa menos a una mayoría creciente. Sin duda, el mundo de los afiliados, el de los abonados a pensioncillas ‘graciables’, y el de los que esperan recibir alguna prebenda en la ‘pedrea’ de cada nuevo gobierno, representan los públicos más fáciles de movilizar.

Los que llegaron a la política desde una posición profesional más acomodada son dignos de elogio. El porcentaje de nombramientos discrecionales sobre personas que se ganaban mejor la vida con su profesión anterior representa un buen test para conocer la calidad de cada nuevo gobierno.

Da la impresión de que los intereses de las organizaciones políticas y de sus protegidos cuentan más que la vocación de servicio pregonada en las campañas electorales. Los partidos han hurtado el poder a las personas transformando nuestra democracia en una partitocracia.

El móvil de algunos políticos es la ostentación de lo conseguido ante el partido, aunque sea a costa de un bien mayor menos aparente.

Los políticos, cuando son auténticos servidores de las causas públicas, se aplican a desarrollar actuaciones de valor permanente, aunque estén alejadas de las reclamaciones de los que más gritan en la calle.

Notamos un cierto hartazgo de aguantar que los políticos aparezcan hasta en la sopa. La mayoría se prodiga en acudir a donde puedan ser contemplados. Viven para el éxito instantáneo y dedican más tiempo al escenario que a estudiar los asuntos. Se esfuerzan para ser ‘venerados’ hasta el punto de decir todo aquello que puede agradar a la audiencia; por el contrario, callan lo que puede ser difícil de explicar o asumir. Aunque algunas veces mientan, la mayor parte de las ocasiones simplemente omiten la verdad.

Recuerdo cómo en la novela de Tom Wolf Todo un hombre, el alcalde de una gran ciudad muestra que el placer supremo del cargo, ese que le compensaba de todos los agobios que padecía, consistía en que, cuando entraba a una reunión, todos al verle entrar “movían el culo” para atenderle. Al final parece que la careta se les pega al rostro y se transforman en personajes de cartón piedra, sin contenido, pero, eso sí, con una apariencia de solvencia técnica. La política llena demasiadas páginas en la prensa y excesivo tiempo en las radios y televisiones. Probablemente el abuso de la presencia de la política en los medios contribuye a que cada vez nuestra actitud hacia la clase política sea menos receptiva. Los medios, por el bien de todos, deberían reducir el espacio dedicado a la política y que éste fuera de mayor calidad.

Sociedad civil
No recuerdo quién fue el que dijo que los asuntos públicos son demasiado importantes para dejarlos en manos de los políticos.

Una demostración irrefutable es el despropósito del actual Gobierno de destruir proyectos necesarios para el país por absurdas promesas electorales. La sociedad civil no debe seguir callada ante tanta incompetencia, sino que debe articularse para hacer oír su voz.

En un país libre, el protagonismo corresponde a los ciudadanos; los políticos deben ser unos meros administradores de una voluntad popular bien formada. Los políticos deberían inspirarse en organizaciones profesionales, no gubernamentales y sin ánimo de lucro. ¿Se imaginan ustedes la auctoritas de una red de analistas competentes, sin ansias de protagonismo, que evaluaran mediante indicadores objetivos la acción política? Para regenerar la vida política necesitamos crear unas organizaciones que, ni siendo públicas ni privadas, aglutinen a tantos ciudadanos solidarios y generosos que tiene nuestro país. Hay mucho talento desaprovechado que debería cooperar para que nuestra sociedad civil emerja con fuerza y logre se escuchada por la clase política que padecemos.

Institución Futuro
Share This