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Construyendo confianza. Ese es el slogan que el Gobierno de Navarra ha querido emplear para evaluar el primer año de esta legislatura. Antes de irse de vacaciones la presidenta del Gobierno, María Chivite, ofreció una rueda de prensa acompañada por sus Consejeros en la que puso en valor la “estabilidad y la confianza” y el que “se han abordado retos clave para la Comunidad Foral como el desarrollo de infraestructuras, la mejora de los servicios públicos y el avance en derechos de la ciudadanía”. En su comparecencia pública se presentó también una web en la que se detallan las 67 acciones desarrolladas por el Ejecutivo foral más destacadas durante este periodo.

Cualquier persona ajena a la realidad de nuestra región que escuche el balance realizado seguramente pensará que las cosas marchan bien. Que “el Gobierno de Navarra funciona y genera confianza”, que “este Gobierno quiere una Navarra fuerte, atractiva y competitiva”, que existe “la inquebrantable voluntad de servicio público” o que “la Navarra de este siglo deberá ser conocida por la fuerza de nuestra justicia social y el apoyo a las personas”. Nadie tendría por qué dudar de estas afirmaciones, dado que se presupone a una entidad como el Gobierno una ética y fiabilidad inquebrantables.

Al César lo que es del César. Navarra sigue teniendo una gran calidad de vida; lo dicen muchos estudios de entidades incuestionables. La Encuesta de Población Activa (EPA) también indica que en el segundo semestre del año hemos sido la CCAA con menor tasa de paro. Navarra es la región menos endeudada de toda España, aunque eso signifique que la deuda por habitante aún esté por encima de los 4.300 euros y que no se hayan aprovechado los mayores ingresos fiscales para reducirla de forma más importante.

Pero quedarnos con esos datos, solo con esos, sería tener una foto incompleta de la realidad. Escuchando a las empresas se percibe un panorama bien diferente: impuestos confiscatorios que desincentivan inversiones y contrataciones de empleo, compañías que cambian su sede social fuera de la Comunidad Foral y cuyas decisiones estratégicas ya no se toman aquí… También, empresas que no logran atraer y retener a sus trabajadores porque Navarra es poco atractiva frente a ciudades españolas u otros países. Falta de confianza y de credibilidad en el Gobierno por los cambios legislativos aprobados a mitad de partido. Y esto último es grave, ya que supone el mínimo exigible por cualquier inversor. Sin confianza no hay ni inversión ni creación de empleo.

Los datos también son tozudos: el PIB por habitante de Navarra pasó de ser en 2007 un 28% superior al de la media europea, a ser solo el 3% en 2022, síntoma inequívoco de que nos estamos empobreciendo. La Inversión Extranjera Directa está en mínimos históricos, 6,51 millones de euros en 2023, lo que supuso el 0,02% del total nacional. Lo que demuestra claramente lo poco atractiva que se ha convertido Navarra para los inversores. Y todo ello con los impuestos por las nubes y un incremento del gasto por encima del autorizado por el Parlamento a primeros del año, sin que se aprecie una mejora de los servicios públicos ni se aproveche para reducir la deuda.

Porque Navarra gasta más que nunca. El presupuesto para 2024 es de 5.835 millones de euros de gasto no financiero. Eso lo pagamos todos los cotizantes. De hecho, entre 2019 y 2023, con toda una pandemia por medio, el Gobierno de Navarra recaudó 1.189 millones de euros de más respecto de los ingresos fiscales aprobados año a año por el Parlamento. Esa mayor recaudación demuestra que la presión fiscal va en aumento y es excesiva.

Gastar más no es sinónimo de que las cosas funcionen mejor. El ejemplo de salud es el más claro: nunca se ha invertido más en ese departamento y nunca se han tenido tantos problemas de listas de espera, de accesibilidad en la Atención Primaria, de falta de atractivo para los médicos… Los indicadores educativos también están cayendo (PISA dixit), cada vez se gasta más en renta garantizada sin incentivar que los perceptores encuentren empleo…

Por último, tampoco debería aceptarse de ninguna manera que se considere que las infraestructuras forales van por buen camino. Afirmar que se “ha avanzado” en infraestructuras es reírse de los ciudadanos. El TAV ni está ni se le espera, no hay partidas económicas asignadas, ni nuevos proyectos en marcha. La conexión entre Castejón y Zaragoza, la más urgente ahora mismo, parada. La primera fase del Canal de Navarra lleva muchos años de retraso, a pesar de haberse demostrado que esta infraestructura es clave para el desarrollo. Cuando se mide la competitividad de las regiones, entendida como lo atractivas que son para que empresas y ciudadanos vengan, en Navarra siempre nos penalizan las comunicaciones, pero no se avanza en esa línea. Y si no se va para adelante, se va para atrás, mientras otras regiones españolas y europeas nos adelantan.

El triunfalismo y la autocomplacencia no casan bien con la gestión eficiente y orientada al servicio. Cualquier empresa privada lo sabe, mide sus resultados sin hacerse trampas al solitario, prevé los problemas y busca soluciones ágiles. Sólo así se construye la verdadera confianza.