Con motivo de la crisis se oyen propuestas y alternativas para salir de la misma, como el cambio del modelo productivo, mejorar la productividad y competitividad u otras, pero no se dice exactamente cómo y si dichas propuestas responden a las necesidades apremiantes del corto y medio plazo. En una progresión lógica, lo preferente parece que sea frenar y parar la caída lo antes posible y evitar que las estructuras productivas y el empleo sufran y se deterioren más. Llegados al punto de inflexión, lo lógico sería tomar medidas macro y micro que fomenten la rápida recuperación económica y, en el proceso final, caben ya modificaciones y cambios estructurales en la especialización productiva, para volver a crecer y evitar, en lo posible, la vuelta a las andadas.

Cuando se habla de cambio de modelo productivo parece que se hace referencia a nuestros años pasados, con una construcción especulativa y una economía financiera sin control, en detrimento de las inversiones adecuadas en la economía productiva. Se puede estar plenamente de acuerdo en el cambio hacia una economía productiva estable, frente a otra más virtual como la anterior, pero la situación parece mucho más compleja a simple vista. El problema es que los cambios estructurales radicales de actividad no se improvisan de la noche a la mañana, si no que se dilatan en el tiempo y tardan en madurar. Con todo, parece claro que no podemos perder la estela de los países más productivos y competitivos del mercado y en esa convergencia no hemos avanzado. España ha retrocedido respecto a Estados Unidos y Europa en productividad los últimos quince años y eso es grave.

Inmersos ya en el día a día, encontramos sectores y empresas que, por su actividad, especialidad, organización y estructuración, se adaptan y reaccionan mejor ante la crisis. Sucede que los sectores con los que vamos a tener que contar para salir de ella son los mismos que teníamos hasta ahora. La producción y el empleo se generan entre todos ellos y sus empresas, con mayor o menor productividad y competitividad, y a todos y todas habrá que prestar atención de momento. Primero habrá que intentar salvar lo máximo del incendio; después, ya veremos qué hacer. Muchas empresas tendrán que mejorar rápidamente en muchas cosas, pero ahora no podemos prescindir de la mayoría, aunque algunas actividades pueden estar algo maduras.

Ya tenemos en Navarra industrias de tecnología punta o sectores emergentes como las nuevas energías, pero dan trabajo a poca gente si se compara con el grueso de la población activa. Su implantación es muy importante, un caldo de cultivo para nuestra economía y para la atracción de nuevos capitales y empresas, pero también lo es crecer globalmente en aquello que ya sabemos hacer. En esos terrenos es donde vamos a tener que innovar, mejorar la calidad de los productos y buscar otros nuevos que ganen en valor añadido, se posicionen mejor en los mercados y sea rentable su producción. En estos y otros ámbitos, tendremos que planificar permanentemente respecto a lo que la economía y el mercado demandan o puedan demandar dentro de 10, 15 ó 20 años y prepararnos con suficiente antelación para lo que venga.

Tendremos que renovar el parque tecnológico, formar bastante más a los trabajadores, producir más y mejor para converger con Europa en productividad y renta per cápira. Eso no se logra sólo instalando empresas con tecnologías emergentes que, al final, podrían ser unas pocas. Tampoco darían trabajo a toda la población ocupada que tenemos y a los parados, ni tendríamos a todo el personal capacitado para trabajar en ellas. La evolución hacia ese tipo de empresas es lenta en el tiempo. Lo que importa es ser previsores y, cuando la economía va bien, planificar el futuro e invertir en investigación e innovación, buscando actividades productivas de futuro y, lo que es más importante, creando capital humano, capaz de producir productos de calidad, a buen precio, con mayor valor añadido y compitiendo con los países que nos ofrecen sus mercados.

Mejorar la productividad no supone más tiempo en el trabajo, sino hacerlo de forma más eficaz, empleando más medios técnicos, mejorando el capital humano y con sistemas organizativos y estratégicos mejores. Al final, las empresas las componen y gestionan personas que trabajan. Los trabajadores aprenden a producir productos de alto contenido tecnológico, participan y propician la innovación, permiten la especialización productiva, hacen uso de las nuevas tecnologías, luchan por alcanzar ventajas competitivas frente a los competidores, mejoran las tasas de actividad y la competitividad exterior que es lo que importa.

Todo eso debe lograrse invirtiendo en la generación de capital humano y talento, aunque los resultados sean siempre a medio y largo plazo. Para ello resulta vital la educación y formación que van recibiendo las distintas generaciones. Los países que nos aventajan en productividad (Estados Unidos y gran parte de Europa) tienen una media de casi cinco años más de formación dentro de la población ocupada y potencian mucho más la formación permanente de los trabajadores. El principal camino está pues en los sistemas educativos que habrá que cuidar e invertir en ellos muchísimo más. Su respuesta tardará unos años en dar resultados, pero ahora sabemos que no cabe perder más tiempo para actuar. 

 

 

 

 

 

 

 

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