Por Javier Troyas, Presidente de Institución Futuro  

La terrible realidad de la crisis económica es un hecho incuestionable en España, Navarra incluida. Tras varios años de bonanza económica, la sociedad se enfrenta a una situación compleja y difícil cuya superación requiere aplicar sus mejores energías. Como es sabido, la crisis se prevé larga y profunda, y con un alto coste económico. En este contexto, es conveniente recapacitar sobre las razones que nos han conducido al estado actual.

Al margen de la crisis internacional, existe un consenso generalizado acerca de una idea rotunda: el modelo de crecimiento económico español está agotado. Para conseguir cambiarlo, todos los agentes sociales debemos dirigir nuestras mejores energías en el mismo rumbo, que no es otro que la consideración de las personas como eje de la sociedad. Dicho de otro modo: la gestión de los recursos humanos va a condicionar en grado sumo nuestro futuro.

Para que el capital humano sea realmente efectivo, hay dos aspectos clave que, en mi opinión, deberían potenciarse y, en algunos casos, mejorarse. El primero es el sistema educativo y el segundo, el desarrollo del espíritu empresarial. Vayamos por partes. El Consejo Económico y Social recordaba hace un tiempo, a través de su informe “Sistema Educativo y Capital Humano”, que el 30 por ciento de los jóvenes españoles abandona tempranamente el sistema educativo reglado, frente al 15 por ciento de la UE27. Los resultados negativos de nuestros estudiantes en comprensión lectora resultan también preocupantes, porque en el futuro, y con toda probabilidad, esos estudiantes mediocres tendrán graves dificultades de acceso al mundo laboral. Por último, el citado informe subraya la todavía insuficiente demanda de estudios de Formación Profesional, que tanta repercusión tiene en las empresas nacionales.

Con estos datos en la mano, no parece aventurado asegurar que tenemos un problema grave de calidad en el sistema educativo; de no corregirse, va a lastrar la competitividad de nuestra economía. Para resolverlo, no basta sólo con incrementar la inversión pública en esta área, sino que es preciso hacerla productiva. Conviene recordar que no siempre se cumple la máxima de que “a más recursos, mejor resultado”, sobre todo en el sector público. Las constantes reformas sufridas por el sistema educativo en la etapa democrática de nuestro país, causantes de inestabilidad y experimentación permanentes, han contribuido no poco a erosionar su eficiencia, aunque se hayan alcanzado mejoras sustanciales como una escolarización completa y su prolongación obligatoria hasta los dieciséis años.

Además, también cabe destacar los abundantes desajustes entre el sistema educativo y el productivo. Tal y como indica la encuesta “Innovación en las empresas”, elaborada por la Fundación Navarra para la Diversificación, el 55 por ciento de las empresas forales encuestadas tiene dificultades para encontrar personal cualificado. Ese desajuste formativo está lastrando nuestra competitividad y nos está frenando a la hora de sacar las máximas potencialidades de cada persona. El hecho de que la mayoría de los empleados no acceda a programas reglados de Formación Continua dificulta su reciclaje en ciertas áreas.

Recientemente el Centro para la Competitividad de Navarra publicó el informe “Invertir en las personas. Formación y productividad en la economía de Navarra” que iba en la misma dirección: el modelo de organización de la producción y del trabajo entre las empresas navarras es muy convencional y crecientemente obsoleto. Las empresas navarras siguen compitiendo mayoritariamente basándose en la eficiencia y el aprovechamiento de las economías de escala, cuando hoy la innovación y la flexibilidad son los nuevos imperativos que la empresa tiene que satisfacer, si quiere ser competitiva.

Además, no hay una suficiente consideración hacia el capital humano en las empresas navarras: existe más administración del personal que estrategias innovadoras de gestión de las personas. La selección de personal, la formación, la retribución, la promoción y la comunicación son cuestiones básicas para la consecución de los objetivos que las empresas han de tener en materia de recursos humanos, que en el fondo consisten en disponer de unos trabajadores motivados, capaces de desarrollar con eficiencia y eficacia su trabajo en aras de conseguir fortalecer la posición competitiva de las mismas.

El segundo aspecto relacionado con la crisis económica afecta al impulso del espíritu empresarial. El Círculo de Empresarios aseguraba en su informe “El espíritu emprendedor: elemento esencial para afrontar la crisis económica española” que, a pesar de existir unanimidad en la positiva consideración de la iniciativa de las personas emprendedoras, aún perviven graves condicionantes de dicha potencialidad humana. La aversión al riesgo constituye un factor disuasorio de primer orden para una mayoría de ciudadanos obsesionados con la seguridad, actitud de la que se derivan abundantes impedimentos personales para la puesta en marcha de cualquier iniciativa empresarial novedosa. No obstante, si un emprendedor supera el miedo al fracaso y se lanza a la aventura de emprender un negocio, se encuentra con una segunda traba: el complejo entramado institucional de nuestro país, que en la práctica dificulta la apertura y posterior desarrollo de los negocios. A este respecto el informe “Doing Business”, del Banco Mundial, indica que en España se tardan 47 días en arrancar un negocio, meta que exige superar 10 procedimientos. En este panorama más bien sombrío destaca la sociedad navarra, que, según el último informe GEM (Global Entrepreneurship Monitor), demuestra ser una de las más emprendedoras de España.

La mejora del reconocimiento social de los empresarios conforma otra área en la que sería preciso actuar. A estas alturas de la historia política, social y económica del mundo, todavía hay individuos aislados y colectivos que, sorprendentemente, niegan a los empresarios su esencial condición de creadores de riqueza y generadores de bienestar social. Por el contrario, los califican de figuras insolidarias, preocupadas sólo de sus propios intereses. Tal juicio supone un error mayúsculo, máxime cuando a propósito de la actual crisis se ha demostrado que en verdad el entramado empresarial sostiene el bienestar de la mayoría de los ciudadanos.

En resumen, la relación de interdependencia entre ambos ingredientes, educación y empresarialidad, es obvia. Sólo una sociedad educada y con espíritu emprendedor será capaz de avanzar en la buena dirección y, por supuesto, de salir de la crisis económica que nos rodea. Una vez más, y en cualquier circunstancia, los recursos humanos se muestran imprescindibles y prioritarios.

Entradilla:
Por Javier Troyas, Presidente de Institución Futuro

La terrible realidad de la crisis económica es un hecho incuestionable en España, Navarra incluida. Tras varios años de bonanza económica, la sociedad se enfrenta a una situación compleja y difícil cuya superación requiere aplicar sus mejores energías. Como es sabido, la crisis se prevé larga y profunda, y con un alto coste económico. En este contexto, es conveniente recapacitar sobre las razones que nos han conducido al estado actual.

Leer más