Es verdad que no se eligen personas sino partidos, lo que es penoso, pero este hecho no debería servir de excusa a los que se abstienen. El ciudadano que esté descontento con nuestro perfectible sistema electoral no debe abstenerse, sino votar en blanco. Lo peor es que hay personas que tras su desprecio a las urnas critican despiadadamente a los políticos. Quien no ha hecho el esfuerzo de ir a votar está deslegitimado para quejarse, pues quien calla otorga.
Otro falso pretexto abstencionista, que además es una grave injusticia, es escudarse en que no se vota porque todos los partidos políticos o sus integrantes son igual de insufribles. Por muy mal que le caiga la clase política, debe reconocer que, aplicando su propia escala de valores, su evaluación personal de los programas y de la capacidad de los candidatos no da la misma calificación a todos.
No sea injusto y vote al que le parezca menos horroroso, que al final sentirá la satisfacción de que ha cumplido con un deber tan fastidioso como conveniente. Lo recomendable es que su juicio se fundamente más en razones objetivas que en motivos emocionales, pero es mejor votar movido por el sentimiento, o lo que es peor, por el resentimiento, que no hacerlo.
Hoy, jornada de reflexión, todos los ciudadanos tenemos un deber insoslayable: esforzarnos en dilucidar qué hacer con nuestro voto.
Si reflexiona, comprobará que hay partidos y gobernantes que han demostrado con hechos incuestionables que han sabido ejercer con bastante eficacia su labor de gobierno en sus comunidades y ayuntamientos, y otros que tan sólo pueden exhibir brillantes ejercicios de demagogia. La ventaja de estas elecciones es que, al ser locales y autonómicas, resulta fácil comprobar lo que han conseguido los actuales alcaldes y presidentes regionales. Merece la pena revisar qué avances ha experimentado la ciudad y qué logros se han conseguido en los servicios que recibe de su comunidad.
Analice también si las actuaciones del político se han movido por un constructivo y permanente largo plazo o, si por el contrario, ha preferido centrarse en efímeros caprichos de gran efecto electoralista pero de los que al final no queda nada sino la resaca de la fiesta. Si no está suficientemente satisfecho, castigue con su voto al que le ha defraudado, pero, si está conforme con lo realizado, no se inhiba, sea un ciudadano agradecido y apoye a los que han trabajado con inteligencia por su bienestar más inmediato.
Algunos políticos piensan que todo vale para conseguir el voto, y para alcanzar tal fin pretenden impresionar con estímulos populistas que escapan al objeto de esta convocatoria electoral. Aquí no se dirime la política nacional, europea e internacional, sino la regional y municipal.
Ahora se trata de escoger a los gestores de lo cercano, aquello que depende del Ayuntamiento y la comunidad autónoma en la que vivimos: la vivienda, el urbanismo, la seguridad en nuestros barrios, la educación de nuestros hijos, el funcionamiento de los servicios públicos, la sanidad, la economía regional, etcétera. La eficacia de la gestión de lo cotidiano precisa visión, inteligencia y esfuerzo. ¡Ojalá acierte en discernir quiénes son los mejores!