Resulta sorprendente un artículo publicado en el Financial Times que describe lo ocurrido hace unos días al presidente del partido socialdemócrata alemán, Kurtz Beck, en el mercadillo navideño de Wiesbaden. Beck fue increpado por un transeúnte que atribuía su situación de desempleo a la última reforma del mercado laboral alemán, llevada a cabo por el también socialdemócrata Gerhard Schröder. Tras indicarle que si se lavaba y se afeitaba le resultaría más sencillo encontrar un empleo -polémicas palabras que han dado mucho que hablar en la prensa alemana-, el político se comprometió a buscar ofertas de empleo para Henrico Frank, que así se llamaba el parado. Beck cumplió con lo prometido: encontró ocho posibles empleos que encajaban con el perfil de Frank (en la construcción y en el sector del transporte, entre otros), pero éste los rechazó todos. Puede que la ayuda al desempleo que cobra disuadiera a este alemán de 37 años de edad de ponerse a trabajar de nuevo.
El artículo del Financial Times señala un dato curioso: cuando ocurrió el incidente en el mercadillo navideño, Frank portaba una chapa prendida a su solapa que leía “work is shit”. Quizá si el líder socialdemócrata se hubiera percatado de este hecho no hubiera perdido el tiempo buscando empleo a una persona que declara abiertamente que no le gusta trabajar. Esta anécdota resulta tristemente representativa de la mentalidad de muchos, y no sólo en Alemania. Si hay pocas ganas de trabajar, y a esto se le suma que el Estado no incentiva la búsqueda de empleos, sino que fomenta el vivir de subsidios, el resultado es que existen muchos ‘Henrico Franks’ por el mundo. Financiados, claro está, por los que sí se molestan en trabajar.