
Mientras UGT está dispuesta a firmar el convenio ofrecido por la marca, consciente de que no se puede sacar más, CCOO parece querer demostrar su potencial de conflictividad y no accede al acuerdo con el pretexto de discrepancias en la flexibilidad y en el ahorro de costes. Entre tanto, las huelgas intermitentes se suceden y, como consecuencia, las pérdidas salariales que ocasionan van a ser mayores que las reclamaciones pretendidas.
No se comprende que CCOO rechace un convenio que implica una subida salarial del IPC+0,5 y una jornada laboral de 209 días, cuando esas cláusulas son las mejores del sector automovilístico español. Tampoco se entiende por qué el Comité de Empresa se opone a un referéndum que les eximiría de responsabilidad ante la probable debacle. Sorprende además la incoherencia del sindicato abertzale LAB, pues su apoyo a CCOO no concuerda con la actitud más conformista mantenida en negociaciones similares en Vitoria. La sospecha de que tras los acontecimientos hay motivaciones políticas múltiples está en la mente de muchos.
La empresa alemana, tras el desacuerdo obtenido en la agotadora negociación, ha respondido con el anuncio de un descenso de las inversiones y el desvío de parte de la fabricación a Bratislava. Ante esta decisión, el líder ugetista ha vaticinado que la planta Navarra cerrará en tres años. El Gobierno de Navarra ha hecho lo indecible para resolver en conflicto, pero es inútil: ninguna de las partes ha aceptado que el Ejecutivo navarro intermedie y dicte un laudo.
Es ilógico que en algunos conflictos los sindicalistas sean más proclives a un cierre a medio plazo con fuertes indemnizaciones, que a admitir recortes en sus exigencias. En esas condiciones, España no puede ser competitiva y pierde atractivo para la inversión extranjera. Lo que está pasando en Francia es otro ejemplo del inmenso poder sindical: su apoyo a los jóvenes desocupados ha hecho caer el Contrato de Primer Empleo. El orgulloso ocaso económico galo es la senda que le aguarda a nuestra nación si no se toman medidas a tiempo.
Tiranía sindical
La globalización es un hecho imparable y la deslocalización es el medio con que las compañías multinacionales combaten la falta de competitividad. Hay que recortar la tiranía sindical que supone no contemplar las vicisitudes de las empresas. La continuidad de la actividad en condiciones rentables debe priorizarse frente a las demandas, tan legítimas como inoportunas, de una crisis coyuntural. Además, los empresarios tienen que darse cuenta de que no pueden ser cicateros cuando registran fuertes beneficios, si pretenden que los trabajadores se aprieten el cinturón ante las crisis.
Las escenas de violencia que nos están ofreciendo las televisiones recuerdan al sindicalismo de hace un siglo. La figura de ‘liberados’ es un anacronismo, al igual que la financiación de los sindicatos, que no corre a cargo de los afiliados, como sí ocurre en EEUU. Los sindicatos deberían superar posturas anticuadas y evolucionar de acuerdo a las exigencias de los nuevos tiempos. Un reto que facilitaría los acuerdos sería la unidad sindical dentro de cada compañía, pues con ella se evitarían los golpes entre los sindicalistas, perjudiciales para el consenso. Hoy se necesita una nueva inteligencia sindical, con visión de futuro, que valore la problemática del empresario, consciente de que siempre se alcanzan mejores resultados para todos desde una negociación constructiva.