Vaya, vaya, resulta que ahora viene la “gauche divine” bajo la capa de Premio Nóbel de Economía (Paul Krugman) y nos dice que las perspectivas económicas para España son ‘aterradoras’. Nosotros llevamos 2 años señalando lo que se nos venía encima y ni caso. Ahora viene Krugman y nos dice lo que todos sabíamos, que o aumentamos la productividad o, de lo contrario, España estará abocada a una reducción drástica de los salarios y todo el mundo dice AMÉN. Krugman ha afirmado lo que ya venimos diciendo que hay que adoptar respuestas sin precedentes.
No hace mucho escribíamos en el Instituto de Empresa sobre la necesidad de un pacto social: ¿Debería el Gobierno (PSOE) pactar con el Partido Popular los Presupuestos Generales del Estado de 2009?. En las últimas semanas, desde Antonio Garrigues a Guillermo de la Dehesa pasando por José Gefaell, Francisco González o Manuel Lagares no dejan de insistirnos en la necesidad del pacto social.
Como no podemos devaluar la peseta, la única forma de sustituir la devaluación es aumentando la productividad un 20% lo que evidentemente no es posible. La otra opción, tampoco posible por ahora, es rebajar los salarios un 20%, porque devaluar no es otra cosa que una rebaja generalizada de los costes donde los salarios representan el 60%. Devaluar es una de las mejores maneras de volver a ser competitivo que tiene un país en situaciones extremas. Pero cuando no se pueden hacer devaluaciones, como el caso actual de España, para poder volver a vender nuestros productos de forma competitiva (por ejemplo, el turismo o nuestros productos industriales), se necesita una reducción directa generalizada de los costes de producción, una reducción de salarios que a medio plazo en vez de empobrecernos nos beneficiaría significativamente.
Pero, ¿quién le pone el cascabel al gato? Obviamente, no somos los ciudadanos los que podemos alcanzar un gran pacto de Estado ni muñir un gobierno de concentración. Pero sí que podemos exigirlo o al menos promoverlo desde blogs como éste.
En resumen: Se requiere urgentemente un gobierno de concentración, PSOE, PP y Nacionalistas, para alcanzar pactos de estado con bancos, empresas y sindicatos. Como no son posibles las devaluaciones porque no es factible salirse del Euro, una medida drástica pero con un inmediato impacto positivo sería bajar los salarios sustancialmente (20%) y de forma generalizada (empezando por los directivos), para ganar la competitividad que España ha perdido hace tiempo. Todo este proceso será muy doloroso. Pero más doloroso será una crisis en L por años sin término.
¿Hay alternativas a la devaluación sin reducir los salarios? Si. Lo explicaba Patricia Gabaldón, profesora del IE, hace muy poco.
NOTA SOBRE DEVALUACIONES EN ESPAÑA (para el lector que disponga de un poco de tiempo para leer un poco más):
Los últimos treinta años de la historia económica de España constatan que la inflación española ha sido siempre superior a la media de la UE. Los productos españoles serían ahora mucho más caros y, por tanto, menos competitivos que los del resto de Europa si esa pérdida de competitividad generada por una mayor inflación no hubiera sido compensada históricamente con devaluaciones de la peseta.
1. Primera devaluación. Así, por ejemplo, las fuertes alzas de precios que se produjeron de 1973 a 1977, consecuencia de la primera crisis del petróleo y de la exagerada elevación de los salarios, generaron pérdidas de competitividad que se manifestaron en fuertes déficit de la economía española frente al exterior en los años 1974, 1975 y 1976. Sin embargo, la devaluación de 1977 acordada en los Pactos de la Moncloa permitió recuperar la competitividad perdida, obteniendo superávit en las balanzas por cuenta corriente en los años 1977, 1978 y 1979.
2. Segunda devaluación. Un segundo período de fuertes subidas de precios, que generó déficit exteriores en 1980 y 1981, se produjo a raíz de la segunda crisis del petróleo en 1979. La devaluación Boyer de 1982 fue la medicina que restableció la competitividad perdida (gracias a ella volvimos a tener superávit con el exterior de 1982 a 1987).
3. Tercera a sexta devaluación. En el período 1987-91, los mayores precios frente a nuestros competidores, supuso una excesiva apreciación real de la peseta (un 15% aproximadamente) con persistentes déficit de la cuenta corriente (desde 1988 hasta 1995). Para compensar esta apreciación hubo que devaluar sistemáticamente la peseta: dos veces en 1992, otra en 1993 y la última, la que realizó Solbes, en 1995. Y así, una vez más, gracias a las devaluaciones, se volvió a equilibrar la cuenta corriente (1995, 1996, 1997 y 1998).
A partir de 1999, sin embargo, la mayor inflación española ha venido acompañada de fuertes saldos negativos en la balanza de pagos. Desde 1995, última devaluación, nuestros precios han crecido, aproximadamente, un 15% más que la media de la UE lo que ha generado pérdida irrecuperable de competitividad de nuestros productos y servicios. Si este diferencial de inflación continúa diez años más, las empresas exportadoras españolas lo van a tener muy difícil para vender sus productos en el exterior. Señal de que vamos por mal camino es que el déficit exterior supera el 10% lo que indica claramente que España pierde competitividad.
Cuando España entró en el euro en 1999 su participación en las exportaciones mundiales de bienes era del 2%. En 2006, la participación española bajó hasta el 1,7%. España la octava potencia del mundo ocupa, sin embargo, el puesto 17º entre los exportadores mundiales. En cambio, ocupamos el puesto 12 entre los importadores mundiales. España, desde que entró en el euro y no puede devaluar, viene disminuyendo su cuota en las exportaciones mundiales de bienes.
Más información sobre Rafael Pampillón en: IE Economy Weblog y Sinopsis de Opinión (newsletter de Institución Futuro que recoge las opiniones más autorizadas del panorama nacional, entre las que se encuentra el profesor Pampillón).
Krugman tiene razón, España tiene que mejorar su competitividad. Pero claramente lo que España no puede y no debe hacer es resignarse y afirmar que ya que no podemos aumentar la productividad habrá que reducir los costes salariales.
La reducción de los costes salariales no es la solución porque generará una fuga de cerebros y de personal altamente productivo; lo cuál la reducción de la productividad será aún más acusada. Es bien conocida la escasez de personal investigador en España y la fuga de este tipo de capital al extranjero precisamente por la falta de proyección y remuneración adecuada.
Lo que sí se debe hacer es establecer un régimen de remuneración vinculado 100% a la productividad y al cumplimiento de objetivos; aunque no es descartable que este tipo de medida llegue a generar una bajada del 20% de la remuneración del conjunto de la población. No hay que olvidar que la productividad está estrechamente relacionada con el nivel de formación, pero en nuestro país las primas de ingresos por estudios universitarios son de las más bajas de Europa, por tanto las primas de productividad también son de las más bajas (http://www.ifuturo.org/es/blog/mostrar_post.asp?post=303).
En Sinopsis de Opinión,recogíamos precisamente cómo asemejaba Krugman la burbuja inmobiliaria española con la de Florida (http://ifuturo.org/es/publicaciones/sinopsis_116_2.asp), asegurando que la pertenencia a la eurozona ha desfavorecido a los países del euro. Asimismo, argumentaba que a nuestro país le costará salir de la crisis por su escasa movilidad laboral y sus altos salarios.
Además, Krugman cree que es necesario ser más competitivo en España - pero no puede haber una devaluación, porque pertenece a la eurozona. Así que la única alternativa son los recortes salariales, que son muy difíciles de alcanzar: http://krugman.blogs.nytimes.com/2009/01/19/the-pain-in-spain/
Uhmmmm. No. Mejor rebajar los impuestos un 50% y rebajar el gasto del Estado un 40%, empezando por despedir a 2,6 millones de funcionarios y asalariados diversos del Estado.
Eliminar los gastos oficiales, las sinecuras, las dietas y demás abusos. Cerrar la mitad de los ministerios, consejerías, concejalías, agencias y otros agujeros en el mar.
Dejar de emitir deuda pública, construir centrales nucleares, imponer un límite a las tasas crediticias y plusvalías bursátiles, mejorar el trasnporte de mercancías, incentivar las cooperativas y minifundios...
¡La de medidas que se me ocurren, pero que ningún Estado querrá aplicar!
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