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INTELIGENCIA COLECTIVA Y ECONOMÍA DE NAVARRA

Miércoles, 22/02/2012 Inteligencia colectiva

El gran pacto que Europa necesita no está listo (uno)

José Ignacio Torreblanca, Profesor Titular de Ciencia Política y Administración de la UNED

El euro es la clave de bóveda del proyecto europeo. Por esa razón, una crisis que afecte al euro es una crisis existencial. Y por eso también es fácil entender por qué, aunque la Unión Europea haya estado antes en crisis, nunca se había asomado al abismo y sentido tanto vértigo. La crisis de la silla vacía, la época de “euroesclerosis”, el bloqueo de Margaret Thatcher a causa del cheque británico, las divisiones ante la unificación alemana, las turbulencias en torno a la ratificación del Tratado de Maastricht o la rebeldía popular ante la Constitución europea, todos esos momentos agitaron las aguas europeas, pero nunca amenazaron con hacer zozobrar la nave europea. En contraste, la crisis del euro ha recorrido transversalmente y presionado intensamente sobre todas y cada una de las líneas de fuerza subyacentes al proyecto europeo.

La crisis ha agudizado las tensiones entre los viejos y los nuevos miembros, entre el Norte y el Sur, entre protestantes y católicos, entre los miembros de la eurozona y los que están fuera de ella. También ha sometido a tensión las políticas que constituyen el núcleo de la Unión: el mercado interior; la libertad de circulación y la política exterior y de seguridad. En todos esos ámbitos hemos asistido a presiones centrífugas que han debilitado el espíritu común y la capacidad de actuación conjunta.

Publicado el 26/01/2012 en el diario elpais como parte del suplemento especial editado por cinco periódicos europeos. De la misma manera, las viejas tensiones entre federalistas e intergubernamentalistas, aparentemente enterradas en el Tratado de Lisboa tras una década de debates y negociaciones institucionales, han vuelto a la superficie. Aunque la Comisión Europea ha intentado mantener la iniciativa en sus manos, los Estados no han dudado en apartarla a un lado cuando lo han considerado necesario. Y el Parlamento Europeo, aunque se ha convertido en el foro donde se ha debatido intensamente sobre la crisis, no ha conseguido tampoco forzar ni liderar los consensos necesarios para salir de ella. Al final, la crisis se ha gobernado a trompicones desde una cacofonía compuesta por Berlín, París, las agencias de calificación, los inversores privados y el Banco Central Europeo.

La crisis también ha afectado a los mimbres democráticos con los que se teje la política en los Estados. Las soluciones tecnocráticas han reavivado la crítica al déficit democrático de la UE y al sometimiento de los Estados a la lógica de los mercados. A cambio de la estabilidad, sin embargo, han proporcionado alas a los populistas y a los euroescépticos, siempre prestos a manipular la soberanía popular y los sentimientos de identidad nacional en contra del proyecto europeo. El resultado es que Europa es más ingobernable, tanto en el ámbito de las instituciones europeas como en las nacionales.

Hemos visto también resurgir las tensiones entre profundización y ampliación, que pensábamos superadas tras haber demostrado sobradamente con su crecimiento los nuevos socios del Este que habían llegado a la Unión para sumar y no para restar. Algo parecido puede decirse respecto a las grandes orientaciones macroeconómicas: donde antes de la crisis, el Pacto de Estabilidad y la Agenda de Lisboa parecían haber logrado un sano equilibrio entre el rigor presupuestario y las políticas de crecimiento y empleo, la crisis del euro ha vuelto a polarizar los debates, empujando a los Estados a posiciones antagónicas entre austeridad y estímulos económicos.

En todos estos debates, las posiciones de los gobiernos se han vuelto maximalistas e ideológicas. Así, donde en el pasado resultaba fácil construir coaliciones, intercambiar políticas, repartirse las diferencias de forma pragmática y seguir adelante, hoy la capacidad de compromiso se ha encogido de tal manera que parece que la lógica que impera no es la del consenso, sino la de vencedores y vencidos, algo que viola el código genético de la UE, construido precisamente sobre un cúmulo de victorias y derrotas de funestas consecuencias.

Pero más allá de las dinámicas internas, el problema es que la actual crisis no sólo enfrenta a Europa a sus fantasmas internos, sino que la sitúa en una senda acelerada de declive global. Dicho de otra forma, a la hora de discutir cómo superar la situación actual, Europa no debiera perder de vista que no puede permitirse el lujo de dedicar una década a salir de esta crisis porque, incluso en el caso de que consiga salir reforzada de ella, cosa que hoy por hoy todavía es dudosa, el mundo que encontrará ahí fuera habrá cambiado tan radicalmente que constituirá, inevitablemente, un nuevo desafío. Aunque muchos no lo percibieran, Europa ya estaba en crisis (demográfica y productiva) frente a una serie de países emergentes que crecían rápida y sostenidamente. Ahora, si Europa no tiene cuidado, una crisis se engarzará en la otra y la agravará. En consecuencia, a la hora de pensar en cómo salir de la actual crisis y en los tiempos y ritmos para hacerlo, Europa tiene que tener en cuenta que no puede disociarse del mundo, volver a ensimismarse y seguir viviendo un bienestar que, hoy por hoy, es cada vez más prestado (incluso en sentido literal del término).

Sigue en "El gran pacto que Europa necesita no está listo (y dos)"

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